Dice Wilson[3] citando á Lubbock[4]: «A no dudarlo, el hombre al principio, se extendió poco á poco, paso á paso y año por año, por toda la redondez de la tierra, tal y como la mala hierba de Europa se extendió lenta pero seguramente por toda la superficie de Australia.»
Así, pues, se extendió el hombre, el civilizado como civilizado; el salvaje como salvaje; y precisamente son el huso de hilar, el de sacar fuego, y la Cruz que nos pueden señalar el curso de las migraciones.
No es mi mente establecer aquí las pruebas de que los símbolos de que se trata, migraron de Europa á la América del Norte y después á la del Sur, porque esto vendría con el tiempo; pero sí me intereso en hacer constar que opino con Wilson, y en contra de Brinton, que más fácil es concebir la hipótesis de derivaciones, que de invenciones aisladas en cada lugar. La experiencia nos enseña lo que le cuesta al hombre hacer lo que nunca ha visto, y tan es así que aún en América las naciones más civilizadas casi todas han estado en contacto geográfico unas con otras. En el Sur, desde Centro América hasta Chile, se suceden las naciones más adelantadas, y otro tanto se puede decir del Norte hasta llegar á la región mexicana. En ninguna parte hallamos un aislamiento de algo como lo del Perú. Si ese paralelismo del ingenio humano fuese un producto espontáneo, debiéramos encontrar algo como un núcleo de cosas mejores fuera de la región consabida; pero no: en la América, las civilizaciones se tocan unas con otras, están en las montañas, regiones que en el Viejo Mundo han dado origen á expresiones como la de nuestra palabra «cerril», que dice poco menos que «bárbaro». Está muy claro que la civilización americana contraria esta experiencia europea, que la poseyó en las costas, puertos de mar y ríos navegables. ¿Qué sería lo que sucedió? La contestación se impone. En nuestro continente son arrinconamientos de algo que existió en otra parte; en donde, se revelará algún día; hoy sería prematuro indicar el lugar de procedencia. En todas partes vemos rastros de algo muy anterior al México de Montezuma y al Perú de Atauhualpa; pero aún ese algo pudo ser á su vez restos de continentes y adelantos perdidos.
Lo que ahora falta es un trabajo geográfico con ubicación de todos los puntos en que se hallan Cruces en ambas Américas, es decir, un mapa como el de Wilson, en su The Swastika, porque así fácilmente podremos ver como hay contacto geográfico entre todos los lugares que han conservado señales de este símbolo.
Una vez que entremos al estudio comparado de la simbología Mexicana y Andina, veremos que los dioses de los dos países se adornan con los mismos dibujos. Por ejemplo: En la introducción de Chavero[5] tenemos una reproducción del Códice Borgiano. En ésta se representa la estrella vespertina y matutina, una figura doble cargada de símbolos, muchos de los cuales son los nuestros, como ser: los círculos con punto (Ojos de Imaimana), las escaleras con meandros ó griegas y sin ellas, y finalmente una Cruz formada (en el copete de la figura que representa el lucero) por dos símbolos muy conocidos en nuestra alfarería. Si la Cruz es curiosa, ¿qué diremos de los escalones y triángulos? Cuesta creer que sean producto de la casualidad; más si suponemos que eran símbolos de la lengua sagrada, precisamente deberían emplearse en una y otra región como atributos y emblemas del culto tal ó cual.
En la página 154 de la citada obra de Chavero, se reproducen Cruces griegas, maltesas y de San Andrés, las mismas que encontramos en las alfarerías y piezas en bronce de la región de Andalgalá. Estos objetos se hallan en el Museo de la Plata, y esperan el regreso del director para sacarse á luz.
A propósito del Nahui Ollin, ó Cruz de San Andrés, que servía para determinar los equinoccios, debo dar cuenta de algo que descubrí en uno de mis viajes por la región calchaquina, y que es pertinente al asunto de que se trata, porque, la planta de la construcción que voy á describir, forma una Cruz perfecta de brazos más ó menos iguales.
En el lugar llamado Fuerte Quemado, como á una legua al norte de Santa María, en la raya que divide la provincia de Catamarca de la de Tucumán, en el mismo riñón de Calchaquí, corre un filo de cerrillada que acaba en punta hacia el norte y domina la entrada al valle de Tafí, pero con todo el de Santa María por medio. En una de las prominencias de este filo se hallan levantados unos curiosos edificios: las paredes de un salón, una torre redonda y cuatro construcciones de la laja local, rodean un patio largo y angosto, guardado por el precipicio á los tres costados y sin más entrada que una garganta casi impasable al Norte.
Las construcciones á que me refiero son muy curiosas, porque constan de cuatro paredes que se levantan dejando un espacio en Cruz entre ellas, sin destino posible, porque apenas si dan paso al cuerpo. La orientación no es de Norte y Sur, sino á los medios vientos, es decir, NE., SE., NO., SO.
Como Montesinos y otros hablan de tales paredes como destinadas á determinar las horas del día, los solsticios y equinoccios, siempre he considerado que esta ruina en cruz fuese uno de tantos intihuatanas ó trampas para cazar el Sol.