Chavero[6] habla de la Cruz de San Andrés como símbolo de los cuatro movimientos del Sol—el Nahui Ollin—y si miramos hacia el Este los pasillos del Intihuatana del Fuerte Quemado, forman justamente una Cruz de San Andrés. Cerca de allí estuvo el lugar llamado—Bacamarca—otro modo de escribir—Huacamarca—«la plaza fuerte de la Huaca».—El nombre y su interpretación corresponden á lo que allí existe ó existió.[7] Si se acepta mi hipótesis, tenemos otra vez aquí la Cruz como medio de determinar observaciones astronómicas.
Muy significativas también son las Cruces que ocupan el lugar de dientes en los dos lagartos que forman los costados del disco de bronce ([Fig. 71 B]) de Andalgalá. La figura central es un ser antropomorfo que yo identifico con Huiracocha, el dios acuático de los Quichuas.
Sabemos que la Cruz en México significaba «el dios de las lluvias», como dice Chavero,[8] y lo mismo significa en la región Calchaquí. Esto lo demuestra muy bien Quiroga, quien llegó á tener este convencimiento sin conocer el trabajo que acabamos de citar.
En todos estos lugares existía una cierta cultura, y así vemos que la Cruz servía para determinar el Dios del culto que se celebraba. Orlando esta región andina y hacia el Este, en los llanos, merodeaban las naciones de Mocovís, Abipones, Tobas y otras de las llamadas Guaycurús ó Frentonas. Los Indios estos y sus Machis ó Hechiceros verían como las naciones Diaguitas veneraban la Cruz y la empleaban en sus ceremonias. Los otros, raza de Jurís ó nómadas, no comprenderían bien aquello de símbolos de una lengua sagrada, pero se harían cargo que la Cruz encerraba algo bueno en sí y la adoptarían como amuleto. Así, pues; en el siglo XVIII, los Indios Abipones se hacían tatuar unas cruces en medio de la frente, como se puede ver en las láminas de la obra de Dobrizhoffer que de ellos trata.
En el siglo pasado y hasta el presente, estaba y está una India Toba en el Asilo de Huérfanos, en Buenos Aires, con una Cruz muy bien tatuada en medio de la misma frente. En el ejemplo Abipón, la Cruz (griega) está formada por dos líneas que se cruzan; en el moderno es el espacio que forma la Cruz, y son los tatuajes que la perfilan. Por lo que he podido averiguar, son las mujeres que se adornan con tinta indeleble, como nuestros marineros; mientras que los hombres sólo se embijan con coloretes que desaparecen con el lavado.
He notado en algunas urnas calchaquinas, de las que se adornan con pinturas antropomorfas, una crucecita griega en el punto que corresponde á la frente, tal y como las hallamos en las caras de las bellas abiponas; estas indias, según el artista de Dobrizhoffer, todo son, menos indias del Chaco; pero en cuanto al tatuaje podemos asegurar que es una fiel reproducción de lo que viera el misionero Jesuita en sus correrías. Ni por un sólo momento insinúa él que se trataba del símbolo del cristianismo.
Otra cosa quiero hacer notar y es la abundancia de la Cruz en los objetos de alfarería en la región calchaquina propiamente dicha, y su escasez en los demás lugares del Oeste de Catamarca. Hay que confesar que el tipo de aquellos objetos es muy distinto del de estos, al grado, que hace sospechar que puedan corresponder á otra raza y á otro rito.
En Andalgalá los vasos más hermosos ostentan figuras draconianas. Tinajas del tipo Santa María, de las que tantos ejemplos dá el doctor Quiroga, no se han encontrado al Sur del Atajo, con dos excepciones halladas en Choya, una aldehuela dos leguas al N. O. del Fuerte, pero aún éstas carecen de las fajas negras de los costados que son el distintivo de las de Calchaquí. Al hacer esta excepción hay que acordarse que á Choya, ó sea Ingamana, fué expatriada una de las tribus del valle de Calchaquí, en el siglo XVII, y allí se han conservado. Aquí, empero, nos sale al encuentro una nueva dificultad: existen ruinas de pueblos de indios en las faldas, mientras que los Ingamanas fueron colocados en el llano.
Así es todo lo que se presenta en Calchaquí y los valles anejos. Cuesta creer que las vastas ruinas hayan pertenecido á los indios que hallaron los españoles. Los Misioneros no se acuerdan de nombrar esos sorprendentes entierros de numerosas urnas, nuevas todas, y que deberían responder á algún rito de la mitología local. Durante cientos de años las crecientes han estado dando cuenta de estas huacas, y los coleccionistas han destruido más que lo que han logrado para vender.
Los descubrimientos de Ambrosetti en Tafí, también indican algo que si no es de una colonia peruana, corresponde á esa civilización anterior, en pos de la cual andamos todos.