La aparición de dobles cruces maltesas en las cabezas de los monstruos dragones del famoso disco de Lafone Quevedo, que reproducimos en la [Fig. 71 B], se querrá tal vez citar como una escepción culminante á la regla de la carencia del símbolo en los dioses personales; pero no es así, porque el disco no puede clasificarse entre los lares y penates. El grupo trinitario figurado con tanto arte en el mismo, no es otra cosa que un nuevo é interesantísimo ejemplar antropo-zoomorfo atmosférico constituido por la figura humana central, con su sol en la cabeza, el copón ó vaso del trueno en su pecho, y por los dos monstruos dragones ofídicos, de patas estrelladas, con los círculos fecundantes sobre sus cuerpos, ó sean dos Huayrapucas ó figuraciones zoomorfas del viento que trae la tormenta. Esta trinidad calchaquí es, pues, nada más que la representación acuática por excelencia de ese Aticci Viracocha del bajo relieve de Pashash y del dintel de la puerta monolítica de Tiahuanaco[266]. Nada más lógico, entonces, que las dobles cruces en las cabezas de las Huayrapucas, que traen las nubes y producen el fenómeno de las lluvias tormentosas ó de la tempestad; y son, cabalmente, los símbolos los que concluyen por caracterizar de una manera gráfica el valor mítico de la simbólica figuración atmosférica que nos ocupa.

Antes de pasar adelante, conviene resolver la cuestión de por qué los ídolos llevan figuradas las cruces en sus pechos ó mamas, y por qué tales cruces son griegas, ó de brazos de iguales dimensiones; pues debemos recordar, á propósito de estos problemas arqueológicos, que los suris con cruces en las urnas funerarias y las cruces en los ídolos antes reproducidos, aparecen respectivamente en los lugares correspondientes á las mamas de las figuras antropozoomorfas y demás representaciones humanas; lo mismo que debemos dejar sentada la antes insinuada observación de que los palos de las cruces son invariablemente del mismo largo en tales figuraciones, es decir: que los signos son griegos, y no latinos como el de nuestra Cruz cristiana.

Las imágenes idolátricas, generalmente del género epiceno (cay huarmi cachun, cay cari cachun), llevan la Cruz en los lugares correspondientes á las mamas, en el sentido figurado de que ellas derraman el agua ó el líquido vital que alimenta todas las cosas, pues las mamas contienen la leche que nutre en la especie de los mamíferos á las creaturas recién nacidas, humanas ó animales. La Cruz sobre las mamas, expresa claramente la idea de que ellas son el continente del elemento fecundante por excelencia. La diosa atmosférica de California lleva el agua en sus pechos fecundos. Lo propio acontece con nuestras divinidades de la tormenta, portando el símbolo acuático en los lugares correspondientes á ambos pechos, sin necesidad de figurarlos, como en algunos ejemplares de zemes calchaquíes, que hemos atribuido, sin afirmarlo definitivamente, á representaciones de hapi-nuños (hapiy-nuños), «fantasmas ó duendes que solían aparecer con dos tetas largas, que podían asir de ellas», al decir de Fernández y Holguín[267].

Que los cuatro palos de la Cruz sean de iguales dimensiones, ya se les considere alusiones á los cuatro rumbos ó á los cuatro vientos, también es perfectamente explicable, porque no hay rumbos ó vientos mayores ó menores, cortos ó largos, toda vez que el indio, en donde quiera que estuviese ubicado, creería encontrarse en el punto céntrico ó de origen de un horizonte circular que limitaba la tierra, correspondiendo á los cuatro vientos ó los cuatro rumbos los cuatro radios de ese círculo, ó líneas de iguales dimensiones, que se cortaban perpendicularmente entre sí, formando el signo de la Cruz, cuya intersección representa exactamente al citado punto de ubicación ú origen. Un ejemplo notable nos ofrece el nombre de la capital del imperio incaico, ó del Cuzco, que significa ombligo; es decir: parte céntrica del cuerpo terrestre ó punto de origen de los cuatro suyos[268].

El gran monolito esculpido de Tafí, que reprodujimos en el capítulo III, habrá observado el lector que presenta cuatro interesantes grabados cruciformes, con un círculo sencillo ó puntuado al centro de cada uno de ellos, alternando con otros como spectacles, ó Imaymanas unidos entre sí por una línea. Estas esculturas cruciformes sobre el fálico menhir,—resto grandioso que prueba la obstinación fetiquista de estas razas por un viejo culto litolátrico,—tienen la más sencilla explicación.

El monolito ó menhir esculpido en cuestión, es un gran fetiche, huaca ó villca, protector de los andenes ó pequeñas extensiones labrados, cuya tierra está sostenida por alineamientos de pequeñas piedras paradas, menhir que se levanta en medio de tales andenes. Este monolito, como cualquier otro de su género, llámase Mama-Zara, Maíz-madre ó Madre del Maíz, nombres con los que es conocido hasta hoy en Cafayate y otros pueblos de los valles.

Una Mamazara, levantándose en medio de los andenes ó de las labranzas (lo mismo que una Huaza á la puerta ó bastidor del rastrajo sembrado), protege á la sementera de maíz, la que prospera bajo su patrocinio, evitando el gusano en la raíz, y preservándola de los hielos, de la piedra, de los vientos ardorosos, de la langosta y de otras plagas. Pero el fetiche de piedra, obrando por la acción propia ó combinada con la del cielo, tiene la virtud especial de hacer llover oportunamente sobre la siembra, atrayendo á las nubes; pues «entre los calchaquíes, como escribe el presbítero Toscano (quien desempeñó durante muchos años el curato de Cafayate y pueblos contiguos), se llamaban Mamasaras á unas piedras labradas y perfectamente pulimentadas, que se colocaban en medio de las sementeras para que tuvieran agua oportuna y abundante, atribuyéndoles virtud especial para producir la lluvia»[269].

En el fragmento de la lámina del Yamqui Pachacuti que ofrecimos en el capítulo III ([Fig. 21 bis]), vemos simbólicamente representada en el grupo astrolátrico C2 á esta Mamazara, grupo que en el original ([Fig. 21]) lleva esta leyenda: «Zaramama-chacana en general». Pues bien: esta Zaramama está figurada por cuatro grandes estrellas unidas entre sí por dos líneas que se cortan formando una Cruz, como si la Cruz misma fuera el emblema ó símbolo de tal «Madre del Maíz», y quién sabe si la palabra chacana[270] de la leyenda no sea el nombre con que los quichuas conocían al símbolo, al que en ciertas condiciones vimos que llamaban xaygua.

Estos breves y muy interesantes antecedentes, sirven para explicar con cuánta razón el indio de Tafí esculpió cuatro artísticos signos cruciformes en la Mamazara monolítica, protectora de las siembras, sobre las cuales hace caer lluvias oportunas, la misma que tiene su representación simbólica en la carta sagrada de la heliolatría quichua, por la acción del sol y de los astros sobre los elementos, cuando el culto al astro del día se sobrepuso al del viejo Aticci Viracocha del panteón de Tiahuanaco.

Fijemos, finalmente, la atención en lo interesante de los signos cruciformes de la Mamazara de Tafí, con su círculo simple ó con punto respectivo en el lugar correspondiente á la intersección de los brazos, círculo que vale por «germen vital, yema ó brote», y que expresa de una manera acabada y concluyente la idea de una lluvia oportuna haciendo brotar, crecer y fructificar la mies preciada del indio.