Ese estudio comparativo de dos centenares de piedras grabadas y pintadas, ha dado por resultado que lleguemos á establecer que sobre ellas el indio ha expresado su pensamiento, escribiendo indeleblemente, de una manera figurativa é ideográfica, y excepcionalmente simbólica, una demanda, una súplica, un voto á las divinidades, con dos propósitos fundamentales: que fructifiquen las mieses, y que se reproduzcan los ganados; propósitos que pueden concretarse en uno solo: que llueva[288].

La escritura petrográfica no es tal escritura, propiamente hablando. Se trata de simples dibujos convencionales, que responden á ritualidades ó á una forma figurativa de expresión ideográfica, por signos que representan objetos ó cosas sobre las que se implora la acción bienhechora de las divinidades. Las piedras grabadas deben considerarse, pues, como piedras votivas.

Nuestra escritura petrográfica es, como la define Garrick Mallery[289], «un medio de expresar pensamientos ó hechos por medio de dibujos, que al principio se redujeron á la representación de objetos naturales ó artificiales». Esta cita encierra una verdad que hemos podido constatar en Calchaquí: que la escritura fué en un principio puramente representativa,—y tal es el carácter de la mayor parte de los petroglyfos,—hasta que concluyó por ser excepcionalmente simbólica. Ejemplos de lo uno y de lo otro son, para no citar más casos, los grandes cuadros reproducidos respectivamente en Carahuasi (Salta) y Siquimí (Catamarca); en el primero se figura una marcha militar de reales combatientes[290]; en el segundo, una escena indiscutiblemente cosmogónica ó mítica, en la que todos los elementos, al parecer, están simbólicamente representados[291].

Es inexacta, entonces, la aseveración que en un trabajo póstumo[292] hace Brinton, criticando, cabalmente, los estudios comparativos de nuestros petroglyfos, efectuados por Moreno y von Ihering[293], al manifestar que «mucho se ha escrito de cotejo de petroglyfos, y que tanto Moreno como von Ihering se han lanzado sin ambages á interpretar é identificar estos signos sin arte; y que nada, empero, ha resultado de las semejanzas indicadas por ellos; porque son las que se hallan en todas partes entre dibujos tan sin motivo como lo son estos».

Lo que decimos de Brinton observamos también á Mr. Keane, quien critica las interpretaciones de Latourneau[294].

Fig 79. Gran roca grabada
en Condorhuasi.

En el Perú las esculturas monolíticas son perfectamente intencionadas, habiendo este país llegado al pleno desarrollo de la escritura simbólica; y en los ejemplares cuya interpretación hemos podido penetrar, ni una representación, ni un signo, ni siquiera una línea aparecen superfluos. Aún en los grabados ó esculturas puramente figurativas, la naturaleza y el arte se combinan de tal modo, que nada está de más ni de menos. Tal sucede, por ejemplo, con el inmenso bloc esculpido de la fuente de Cuonchaca, en el que se ven figurados la montaña, el río, la casa, el canal, el tunel, el acueducto, la labranza, el trono del poder, por lo que ha dicho perfectamente Wiener que la escultura en cuestión «es una obra de filosofía, y que el pensador que la ha concebido había observado y comprendido la lucha del civilizador indígena contra la naturaleza rebelde».