Puede que las afirmaciones de Brinton y de Keane sean exactas respecto de pueblos salvajes, ó cuya cultura es apenas rudimentaria[295]; pero son caprichosas, aplicadas á Calchaquí y sus petroglyfos; pues apenas nos iniciamos en el secreto de su escritura petrográfica, dámonos cuenta de la intención de todo cuanto se ha grabado, considerado el petroglyfo en conjunto; que en cuanto á los detalles, estos sí que no obedecen á regla artística alguna, en verdad,—pues que lo escrito no son letras, ni sílabas, ni caracteres fonéticos. Tal sucede, por ejemplo, con el petroglyfo de Condorhuasi, que reproducimos ([Fig. 79]).
Se trata de una gran roca votiva. El artista ha figurado en ella canales con mucha profusión, que son esos grabados como ofidios,—y estanques, los circulillos que parecen hacer de cabeza de aquellos. Estos canales son profundos en otros casos, y los depósitos han sido calados de la misma manera que los morteros, para que ninguna duda se abrigue al respecto; á más de que el Yamqui Pachacuti en su Plancha simbólica representa á Mama Cocha (el mar, lago ó laguna) por un grabado en forma de corazón, del cual sale una línea, cuya cabeza es un círculo, ó sean: el canal sacado de la Cocha, llevando el agua al depósito ó estanque. El indio en la roca echaría el líquido por los canales sinuosos y en los morterillos, para que el sol lo evaporase, llamando á la lluvia por simpatía, después de expresar de esta manera su anhelo de que los canales y depósitos del suelo, figurados en la piedra, estén provistos de agua. Ahora bien: en el detalle, sin duda, el indio podrá ser tan caprichoso como se quiera, pues lo mismo le daba grabar un canal y un depósito, que cinco, que diez, ó más, como en el caso presente, y á estos canales trazar más ó menos irregularmente, más cortos ó más largos,—que en los terrenos accidentados no hay un canal igual á otro; el indio conduce el agua por sus acequias, evitando las corrientes rápidas de los desniveles, por lo que forzosamente aquellas tienen que ser sinuosas, como una víbora que anda, y á ello responde lo caprichoso de su figuración sobre las rocas de Calchaquí[296].
Esto sentado, cabe en seguida manifestar que la Cruz rara vez figura como signo ó emblema en las petrografías y pictografías.
Este hecho, perfectamente comprobado, tiene una explicación muy sencilla.
Desde que la expresión del pensamiento es tan primitiva en las rocas escritas, cuyos grabados y esculturas hay que hacer remontar á muchos siglos atrás; desde que son obra de esa era en que el indio reproduce y figura las cosas sin valerse de símbolos, como lo efectuó posteriormente en la alfarería funeraria, la que acusa un gran paso en la civilización nativa; desde que las rocas con escritura simbólica ó mixta constituyen la excepción y no la regla; y desde que la Cruz en su carácter de símbolo debe considerarse como una verdadera concepción emblemática de la raza, fruto de un arte y de un criterio superiores, y no una combinación representativa, es natural y lógico que no aparezca grabada entre las figuraciones y signos de un culto al cual la litolatría primitiva daría origen, ó que solo se vea reproducida por excepción, cuando ya las formas convencionales, particulares é individuales, fueron adoptadas por el pueblo ó por la tribu, convirtiéndose en emblemas ó insignias nacionales, hasta adquirir definitivamente su valor unitario y típico de símbolos.
Comenzaremos por hacer notar la existencia de varios signos cruciformes en las paredes externas de la Gruta de Tinguiririca, en el Cajón del mismo nombre, y en las alturas de la Cordillera, por haber sido sus curiosas inscripciones motivo de un trabajo de interpretación, presentado al primer Congreso Latino Americano en Buenos Aires por un distinguido arqueólogo chileno, el señor Daniel Barros Grez[297].
Muy ingeniosamente el señor Barros Grez traduce las inscripciones que nos ocupan, las que, según los recuerdos que conservamos de la sesión respectiva, se refieren á la marcha de la Luna, desde la conjunción al plenilunio, y la del Sol. A los signos cruciformes toma el autor por figuraciones de árboles del bosque y símbolos cardinales de la tierra.
Tenemos á la vista la plancha que de estas pictografías nos ofrece el arqueólogo alemán Carlos Itolp[298], quien en 1885, viéndose obligado á buscar abrigo entre los peñascos de la cima, descubrió la Gruta, sobre cuyas paredes externas aparecen las pictografías, resultando del análisis químico de las pinturas que el rojo era arcilla colorada, el negro, también arcilla, y el blanco, caolín ó ceniza. Este autor, según el lugar y en las circunstancias bajo las cuales encontró los signos, es de parecer que estos son de origen indio, á pesar de que sus formas regulares hagan recordar más á los egipcios que á los araucanos. Los dibujos parecen trazados con el dedo. Cabado el suelo de la gruta, el señor Itolp dió con siete esqueletos de nativos[299].
Fig 21. Monolito
de Tafí.