La Mamazara ó monolito esculpido de Tafí aparece con signos cruciformes; y en la lámina del Pachacuti una Cruz en forma de X lleva, con la leyenda de «chacana en general», la de «zara-mama». Estas mamazaras son piedras paradas, protectoras de los sembrados, y, por lo tanto, huacas á las cuales se imploran lluvias.
Los Caylles, protectores de las siembras, más de una vez llevan el signo cruciforme labrado sobre la plancha de cobre; ó las pequeñas figuras que adornan los mismos, aparecen de tal manera alternados sobre el objeto sagrado, que forman las cuatro radicales de una Cruz. Y estos Caylles, aparte de ser preciados amuletos para propiciar la producción de los frutos de la tierra, sabemos que pertenecen al culto de Huiracocha, el mito acuático por excelencia, ó son atributos del dios, conocido también, según la relación del P. Molina, con el nombre de «Caylla Uiracochan».
En los amuletos de fecundación ó de procreación, hemos visto figurar á la Cruz; y en cuanto á los huacanquis que la llevan, labrados estos con material de piedra lanzado por el rayo, tenemos, á más de su origen, el dato elocuente de que son cuidadosamente guardados en una «cesta de plumas», alusión al volátil de la tormenta.
La Cruz se ha esculpido con regular profusión en los petroglyfos de Calchaquí, apareciendo generalmente al lado de figuraciones acuáticas. Las cochas, ó depósitos de agua, se reproducen atravesadas por cruces, hecho que recuerda la Cruz de cuerdas en el lago de Batchué. Los petroglyfos, en general, son huacas sagradas para implorar lluvias.
En las pictografías las cruces aparecen excepcionalmente, y su valor es igual al de los petroglyfos.
Los símbolos combinados de la Cruz y del Sapo, fetiche animado que vive en la humedad ó en el agua, su medio, y que en algunas leyendas míticas es el granizo ó la piedra que caen de las nubes,—concluyen por determinar de una manera definitiva el valor sagrado del signo cruciforme, tantas veces empleado con insinuantes motivos.
Interesantísimo es el hallazgo realizado el año pasado, 1900, en el valle de Yocavil, en lo más alto de un cerro, entre San José y Punta de Hualasto. Buscándose un derrotero de minas, se notó en el suelo una rara prominencia á manera de mound, y muchas piedras encima de ella, que se reconoció que fueron amontonadas por la mano del hombre. Practicada la excavación, dióse con una huaca que contenía cinco cadáveres, acostados de espaldas, sucesivamente en línea; uno de ellos presentaba el cráneo fracturado, visiblemente á golpes de maza. En medio de los cadáveres, con sus brazos abiertos á manera de T, pues el palo superior era muy poco alargado, habíase colocado una Cruz de madera, regularmente conservada, de un metro y cuarto de alto, más ó menos. Los cadáveres eran de nativos, tanto por las formas de sus cráneos, como por las telas que vestían, por las armas y otros objetos enterrados con ellos. La Cruz aparecía indiscutiblemente americana, recordando en sus formas á la de Tláloc, llevando grabados caracteres simbólicos nativos, algunos de ellos regularmente visibles[329].
¿Se trataría en el caso de la huaca de Yocavil de un sacrificio de adultos en tiempo de las grandes sequías, que de cuando en cuando ponen en peligro la vegetación y matan de sed á los animales del valle, en el cual los sacrificios cruentos estuvieron en boga en otras épocas, como lo delata la profusión de urnas funerarias con cadáveres de párbulos?—Nosotros no lo sabemos; pero posiblemente ha sucedido así en la región en que se imploraba á la Huayrapuca, y en que se rociaban con sangre humana las huacas de piedra de Ampajango y Andaguala, con su misteriosa escritura ideológica, alusiva á la producción de los anhelados fenómenos meteorológicos.
Los datos recogidos por el folk-lore autorizan á afirmar que la Cruz es hasta hoy el símbolo conspícuo de los cambios atmosféricos. La eliminación de la cabeza del Suri, ó de la Nube portadora de la Cruz, en los sacrificios al Chiqui; la colocación de cruces en los altos morros; en medio de los rastrojos sembrados en sustitución de las mamazaras y huazas, y sobre los trojes ó pirhuas que guardan el maíz y la algarroba de las exiguas cosechas rurales, son hechos insinuantes, reveladores, que delatan á través del tiempo la persistente trascendencia de un culto extinto.
En conclusión: la adoración al Agua y á las masas líquidas es un hecho innegable, universalmente reconocido y comprobado en toda nuestra América. La Cruz es la figura transcendental en el simbolismo del culto acuático, que hacía del hombre primitivo un observador constante de la atmósfera, á la cual levantaba sus ojos para ver flotar entre las nubes á esas divinidades cuyo rostro y cuyas formas ideó su fantasía, portadoras del vaso resplandeciente y estruendoso.