Después de haber estudiado en cinco capítulos sucesivos á la Cruz como emblema sagrado en los diversos pueblos continentales, del VI al IX inclusive, nos concretamos á establecer su valor simbólico en nuestro Tucumán, asunto que no se ha tratado hasta hoy detenidamente.
Desde el primer momento advertimos que en ninguna otra sección geográfica, como en la tucumana, y especialmente calchaquí, al noroeste de la Argentina, la Cruz se encuentra tan reiteradamente repetida, al grado de que pueden contarse, entre las diversas colecciones existentes, cerca de tres centenares de objetos con la figura cruciforme[325].
De la revista minuciosa que hemos practicado de objetos cruciformes calchaquíes tanto en la alfarería funeraria (urnas y pucos) como en ídolos, amuletos, petrografías y pictografías, ha resultado que la Cruz en estas regiones argentinas fué un símbolo sagrado transcendental, cuyo valor atmosférico y acuático es indiscutible.
Nuestros descubrimientos fundamentales han sido: en primer lugar, la determinación representativa de esa figuración antropo-zoomorfa, reproducida reiteradamente sobre las paredes anterior y posterior de las urnas, la que no es otra cosa, en definitiva, que la gran divinidad de la Atmósfera ó del Cielo fetiche, portadora del Vaso del Trueno[326], dispensadora de las lluvias; en segundo lugar, la equivalencia del símbolo antes misterioso del Avestruz ó Suri, que aquella representación mítica lleva pintado entre los arcos de sus brazos singulares, resolviendo de una manera concluyente que el ave de nuestros desiertos es ese mismo Pájaro de la Tormenta de otros pueblos, ó la figuración ornitomorfa de las nubes de la lluvia[327].
Y no tan solo el Ave-suri, sino también otros volátiles, al parecer, simbolizan la Nube: el cóndor v el loro; pues si fijamos la atención en los diversos pájaros reproducidos en la alfarería funeraria que ofrecimos en el capítulo VI, y especialmente en la forma de sus cabezas, con sus ojos y picos, al instante notaremos que en muchos casos son cóndores y loros, ó pájaros convencionalmente mixtos ó dobles, más que suris sencillos, los volátiles que el artista se ha propuesto figurar. El cóndor, ave negra de gran tamaño, podrá representar la obscura nube de la tempestad; el loro, pájaro pequeño, las primeras nubes que anuncian la tormenta, ó las nubes irisadas, por los colores amarillo, verde y rojo de las plumas del ave, siendo muy oportuno recordar que en el lejano norte el Quetzal de la tormenta es un papagayo. Los hermosos loros de cuentas de malaquita, que Lafone Quevedo encontró dentro de las urnas de Chañar Yaco (entre Andalgalá y Belén), nos ofrecen, sin duda, una prueba concluyente de la representación atmosférica de estos verdes volátiles, que en largas bandadas atraviesan los secos horizontes de Calchaquí, figurando los movimientos accidentados de una nube que se desliza por el espacio. Los loros de malaquita, dentro de las urnas para propiciar agua del cielo, claro es que son, en su carácter de símbolos de la nube de la lluvia, el motivo del acto cruento propiciatorio, en aquel lugar desierto de Chañar Yaco, antes habitado, que ha poco visitamos, y en el cual escasamente brota un miserable raudal de agua salobre[328].
En la solución de aquellos dos interesantísimos, cuanto intrincados problemas arqueológicos, ninguna dificultad se nos podía oponer para establecer el valor mítico de la Cruz, que los suris llevan reproducida en la caja de sus cuerpos, símbolo que excepcionalmente aparece sólo y sin combinaciones en el rostro de la figura antropo-zoomorfa, ó en la sección ventral de las urnas, como un signo sintético, en este caso, por la eliminación de los demás, de reconocido valor acuático.
Si el Avestruz, figura simbólica en el conjunto atmosférico de las urnas, es la Nube, claro que la Cruz que el animal alado lleva como emblema en su cuerpo, al centro mismo de la figuración del Ave de la Tormenta, representará el fenómeno que la nube produce, ó sea la Lluvia.
Esta Cruz, figuración gráfica de los cuatro vientos que han acarreado las nubes de la tormenta, es invariablemente, en el caso en cuestión, de palos iguales, ó Cruz griega, por los motivos que en los lugares pertinentes se adujeron.
Muchos ídolos, de indiscutible carácter acuático, llevan la Cruz sobre su pecho, indicando el símbolo uno de sus atributos potenciales. Tal símbolo cruciforme suele generalmente aparecer pintado en los ídolos en los lugares correspondientes á ambas mamas, con lo que el indio se propone expresar de una manera metafórica, mediante una concepción imaginativa, que el líquido vital, como la leche nutritiva, sale y surge del seno fecundo de sus divinidades, para alimentar con aquel cuanto en la tierra germina, nace y crece.
Otros ídolos de carácter ofilátrico portan también la Cruz, la que en algunas ocasiones, como en el grupo atmosférico de Capayán y en un yuro de cuatro serpientes de nuestra colección, aparece formada por cabezas de ofidios, siendo en tales casos indiscutible su valor de símbolo atmosférico combinado y mixto.