Beatriz.—¡A él, valeroso Aquiles!

Carlino.—¡Calla, lengua ponzoñosa!

Razonte.—¡Desenvaina tu espada!

Carlino.—¡Sudo de miedo por todos mis poros! (Desenvaina la espada y se acerca á Héctor haciéndole cortesías.)

Héctor.—¡Dios mío! ¡Mi ánimo desfallece!

Carlino.—Tiene voz de trueno. ¿Quisiérais, bondadoso señor Razonte, tirarle al suelo ó sujetarle las manos?

Razonte.—¡Cobarde!

Beatriz.—¿Es posible, Aquiles?

Carlino.—No veo otro recurso que darle el golpe de gracia; si no, me mata. ¡Toma! (Tira dos botas á Héctor.)

Héctor.—¡Yo muero!