En El ermitaño galán se nos transporta á los tiempos primitivos del cristianismo. Abraham, mancebo egipcio de ilustre nacimiento, es el prometido de la bella Lucrecia, y piensa casarse con ella, cuando oye de repente una voz interior, que le dice que su apasionado amor á su futura esposa pervertirá su alma, alejándola de la senda de la salvación. Abandónala, pues, á causa de esta vocación interior, y se oculta en un lugar montañoso y solitario para hacerse ermitaño y ganar el cielo. Lucrecia, como es natural, se desespera al conocer la infidelidad de su amante. Resuelve entonces seguirlo. Lo mismo hace María, sobrina de Abraham, porque necesita obtener el consentimiento de su tío para casarse con su amante Alejandro. Ve, pues, al ermitaño, y le expone su deseo; pero el solemne silencio del desierto, y las fervientes exhortaciones del asceta, hacen en ella tal impresión, que determina renunciar también al mundo, y consagrar su vida á la devoción en la soledad. En el valle, en donde se hallan contiguas las dos celdas, se aparece una noche un caminante con traje de caballero, que pretexta haberse extraviado, y pide hospitalidad. Este caminante es el Demonio, que prepara sus asechanzas contra los dos ermitaños. En un discurso largo y artificioso habla de su anterior estado, suponiendo que la caída de los ángeles rebeldes ha sido un suceso ocurrido en la corte de un Rey[36]; añade luego que en su viaje ha visto á la bella Lucrecia, que se ha enamorado de él violentamente. Así espera despertar los celos en el corazón del ermitaño, y su antigua pasión. Resuenan entonces voces angustiosas detrás de la escena; Abraham se apresura á prestar auxilio al desdichado, que pide ayuda, y encuentra á Lucrecia desmayada, habiéndose extraviado en su peregrinación y precipitádose desde una peña. Cuando recobra el uso de sus sentidos, surge en el corazón de su amante una terrible lucha entre su primera pasión y sus recientes votos, pero al fin vencen los últimos. Lucrecia, obligada á renunciar á sus esperanzas, se aleja de allí con el alma desgarrada. Más afortunado es el Demonio con María, á cuya celda lleva una noche á Alejandro; éste, desalmado libertino, que nunca ha pensado seriamente en casarse, deshonra á su amada, y la abandona después de conseguir su propósito. María, creyéndose indigna de servir á Dios, vaga por el mundo desesperada, entregándose á todo linaje de excesos, y pasando de escalón en escalón al estado más abyecto. Abraham, á cuya noticia llegan sus extravíos, se propone traerla de nuevo al camino de la virtud; consigue, en efecto, conmover su depravado corazón, pero ella duda recuperar de nuevo la gracia divina. Asegúrale el ermitaño que, por grande que sea nuestro pecado, puede lavarse con la ayuda de Dios, y al cabo le infunde, con sus predicaciones, confianza en la clemencia del Señor. Vuelve, pues, á su abandonada celda, y hace la debida penitencia; Satanás torna á tentarla, pero vanamente, porque ella triunfa, y fuerza al tentador á alejarse para siempre de su lado. Vésela al fin durmiendo plácidamente en su duro lecho con un cilicio; un ángel revuela alrededor, que lleva su alma al cielo. Otro accidente influye también en el corazón de Lucrecia, haciéndola apartarse del mundo; sigue el ejemplo de su primer amante, y se refugia en una choza solitaria en las montañas para vivir y morir en ellas.

Otra comedia extravagante, á la que no faltan detalles singulares, es El negro del mejor amo. Sólo expondremos su argumento, extraordinariamente complicado, en sus rasgos más principales. La escena es en Palermo. Don Pedro Portocarrero, noble español, jura odio eterno al conde César, por haber dado muerte á su hermano; después de matar á dos parientes del Conde, sin poder vengarse de su principal enemigo, se oculta en el convento de San Francisco para evitar las persecuciones de la justicia. Entra á servirlo un negro, llamado Rosambuco, hombre salvaje y feroz, que antes había sido pirata y hecho prisionero en una pelea con los españoles. El horóscopo del nacimiento de este negro predecía que su fama sería grande, y que llegaría á ser el favorito del Soberano más poderoso del orbe, lo cual aumenta aún más su insolencia. Don Pedro encuentra en él el más dócil y apropiado instrumento para realizar sus proyectos vindicativos, y concierta con él que fuerce una noche las puertas de la casa del conde César; que robe á su hermana Laura, á quien ama Don Pedro, y que vengue en la sangre del hermano la muerte del suyo. Aborta el plan, sin embargo, y los dos cómplices se ven de nuevo obligados á regresar á su asilo. Rosambuco quiere hollar el patio del convento, y pasar por delante de la estatua del fundador (Benedicto Sforza), cuando éste lo llama y le dice con voz sepulcral, que cómo malgasta su fuerza en infames acciones, cuando Dios lo ha elegido para ser la joya y gala de su convento. El negro no lo oye, y sigue profanando el sagrado recinto con su vida licenciosa. Una noche, con los más culpables designios, intenta penetrar en el principal santuario del convento, en la capilla del Hijo de Dios; pero se le aparece Éste en el umbral, védale la entrada, y se esfuerza en atraerlo á la buena senda con benévolas frases. Ya comienza á ablandarse el duro hielo del corazón de Rosambuco; pero sus antiguos hábitos lo dominan demasiado, y al fin prevalecen. Don Pedro, mientras tanto, es invitado á una entrevista con Laura; encamínase, pues, con su negro al lugar de la cita, que en realidad es una treta del Conde para librarse de su enemigo, á quien sorprende al salir del convento, llevándoselo cautivo. El negro vuelve al convento mal herido, y mientras yace en su lecho de dolor, se le aparece San Francisco y el Niño Jesús, para mitigar sus sufrimientos y convertirlo á la fe y al amor divino. Cuando sana de sus heridas, siéntese transformado en todo su sér; bautízase y hace voto de lavar sus anteriores pecados con penitencia y obras de caridad. Don Pedro languidece mientras tanto en la prisión, en donde se le aparece San Francisco con traje ordinario de fraile, pero fácil de conocer por sus llagas señaladas, para arrancarle el esclavo, á fin de que se dedique en libertad á servir al Señor más poderoso de la tierra. El prisionero huye de la cárcel con la ayuda de su amada Laura, ofendida por su hermano, y resuelta á auxiliarle en su venganza. Escápanse, pues, ambos; reunen una banda de salteadores, y prosiguen con mejores elementos su lucha contra el Conde y sus partidarios. Atacados en una ocasión por numerosa muchedumbre de enemigos, se hallan á punto de sucumbir, cuando se presenta el negro á protegerlos, y dotado de fuerza tan portentosa, que detiene con sus manos las balas dirigidas contra su señor. Á la conclusión asistimos al asalto, que da al convento una tropa de piratas moros, siendo rechazados por Rosambuco con sobrenatural bravura, aunque cayendo en la pelea herido mortalmente; á su ruego, le concede el Señor en su lecho de muerte la gracia de reconciliar á los partidos beligerantes, y termina la comedia con esta conciliación.

El esclavo del demonio (arreglado luego por Moreto con el título de Caer para levantarse), ha sido aprovechado por Calderón, como indicamos antes, en dos de sus más famosos dramas. Sin embargo, en la comedia del poeta más antiguo sólo se muestran groseramente esbozados los motivos, que, manejados por el más moderno, nos infunden tanta admiración. La fábula de Mescua es demasiado extensa, para referirla ahora tal cual es; por consiguiente, sólo indicaremos sus principales sucesos. Don Diego está enamorado de la bella Lisarda, aunque sin esperanza de que le corresponda, porque su padre ha prometido su mano á otro. Para satisfacer su pasión, se decide al cabo á emplear la violencia. Arrima una noche á la ventana una escala, y quiere penetrar en su habitación á tiempo que se presenta un piadoso ermitaño, llamado Don Gil, y lo disuade con sus vehementes exhortaciones de su indigno propósito. Aléjase Diego arrepentido; pero entonces el mismo Don Gil, que desde fecha muy anterior lucha con el amor á Lisarda, sucumbe de pronto á la tentación: se aprovecha de la escala arrimada á la ventana; entra dentro, y, en lugar de Don Diego, se precipita en los brazos de la bella Lisarda. Rara por demás es la ocurrencia del poeta en este trance: el criado de Don Diego ha quedado durmiendo en la calle, y habla en sueños con su señor; pero Don Gil cree que su voz es la del Demonio. Después que el ermitaño satisface su pasión, despierta como de una horrible pesadilla: imagina haber vendido por un momento de placer la salvación de su alma, y ciego de desesperación, acuerda abandonarse por completo á su lujuria. Lisarda, conociendo que ha sido engañada, se desespera también á su vez; ve que le han robado su honor, que su amante le es infiel, y temiendo la venganza de su padre, decide al cabo huir con Don Gil. En el segundo acto encontramos á los dos en un paraje agreste y montañoso, en donde llevan vida de salteadores, matando y robando á los caminantes, y cometiendo hasta con placer todo linaje de crímenes. Entre los viajeros, que caen en sus manos, se cuentan el padre de Lisarda y su hermana Leonarda. Lisarda no puede ser conocida de ellos, porque cubre su rostro con una máscara: primero quiere sacrificarlos para saciar su odio á todo el género humano, pero las palabras de su anciano padre conmueven su endurecido corazón, y desde este instante determina expiar sus yerros haciendo la penitencia necesaria. Sin embargo, no se descubre á sus parientes, que, llenos de gratitud por haberles perdonado la vida, prosiguen su viaje hacia un monasterio, en donde Leonarda debe profesar. Don Gil, al ver á ésta, siente inflamarse su pecho con un nuevo amor, é intenta poseerla; pero todos sus esfuerzos se estrellan en la resistencia, que les opone la piadosa monja. Lleno de rabia invoca entonces á los poderes infernales. Aparécesele el Demonio, y le promete su asistencia, con la condición de que se obligue á su vez á entregarle su alma, escribiéndolo así con su sangre. Don Gil firma el contrato; Satanás le presenta una mujer con la forma y las facciones de Leonarda; abrázala para poseerla, y descubre entonces que sus brazos estrechan á un esqueleto. Obsérvese que esta escena es la misma, que, en el Mágico prodigioso, de Calderón, prepara la catástrofe. Don Gil cae en tierra bajo la impresión de tan horrible suceso; anonadado, y sintiendo un cambio completo en todo su sér, invoca la misericordia de Dios, y su súplica es oída; pelean entonces en los aires el Demonio y el arcángel San Miguel; éste triunfa, y obliga á su adversario á renunciar á su presa. El salvado tan milagrosamente de las garras del Demonio resuelve entonces consagrar el resto de sus días á servir á Dios, confirmándolo aún más en su propósito la noticia, que tiene, del arrepentimiento decidido de Lisarda, y de su bienaventurada muerte.

He aquí, en general, los motivos dramáticos empleados por Mira de Mescua. Gran número de sus obras son comedias religiosas llenas de apariciones sobrenaturales. Pero hasta en las profanas (como, por ejemplo, en Obligar contra su sangre y en No hay dicha ni desdicha hasta la muerte) le agrada sorprendernos con sucesos raros y extraordinarios, ofreciéndonos á veces las situaciones más singulares, dignas, acaso, de encomio, si la composición del conjunto no fuese tan extraña. Lo ficticio de ellas se nos presenta siempre en primer término, y las catástrofes y peripecias de la acción no son motivadas por causas internas, hijas de los caracteres y de las diversas relaciones de los personajes. Falta al autor la energía poética indispensable para fijar en sus obras un centro seguro y claro, y trazarlas y completarlas como es debido; conténtase con escribir escenas aisladas y sin estrecho enlace entre sí, perjudicando á la impresión total que ha de hacer en los espectadores; y si una de ellas excita vivamente nuestro interés, lo desvirtúa la siguiente por su falta de gusto y su extravagancia.

Basta citar nominalmente algunos dramas de Mira de Mescua, para convencerse de esta verdad. La rueda de la fortuna es una comedia de ruido y sin ingenio, que refiere la historia de Mauricio, Phocus y Heraclio, pero sin la profundidad que observamos en la de Calderón. El conde Alarcos, de Mira de Mescua, es en todo inferior á la del mismo título de Guillén de Castro[37]. En La tercera de sí misma y en El Fénix de Salamanca imita á Tirso de Molina, pero sólo en sus más groseros rasgos. Mejor es el plan y el desarrollo de Galán, valiente y discreto. La duquesa de Mantua sospecha que los cuatro pretendientes á su mano se proponen únicamente poseer sus estados. Concierta, pues, con su dama Porcia que finja ser la Duquesa. Tres pretendientes, en virtud de esta treta, renuncian á sus pretensiones descubriendo su propósito; pero el cuarto, llamado Fadrique, adivina el plan, se consagra á enamorar á la supuesta Duquesa, y lo consigue plenamente. El poeta ha sabido entrelazar artísticamente con otras esta sencilla combinación, de tal suerte, que el conjunto resulta interesante, sin ofrecernos ocasión alguna de censurar las deplorables singularidades, que deslustran á las demás comedias suyas. El drama de Mescua, titulado Hero, que Calderón menciona con elogio al principio de su Dama duende, no existe ya, según se presume.

Entre los autos de nuestro poeta se distingue por su grandioso pensamiento, y por muchos otros rasgos verdaderamente poéticos, La mayor soberbia humana, aunque al lado de ellos observemos bufonadas repugnantes y otras faltas de buen gusto. Este auto, diverso de casi todas las obras de su clase, no contiene personajes alegóricos, y su objeto es representarnos el castigo humillante del orgullo de Nabucodonosor. Su principio, cuando nos ofrece al Monarca asirio en toda su grandeza, rodeado de los Reyes vencidos por sus armas, es magnífico y ostentoso: coros de músicos cantan un himno en su alabanza mientras él duerme. En sueños se le aparece una estatua gigantesca con la cabeza de oro, que llega hasta el cielo; pero de repente un poder misterioso la derriba en el suelo. Despierta y llama á sus adivinos, para que le expliquen su sueño, pero ninguno sabe hacerlo, por cuya razón se encoleriza y los manda decapitar. No habiendo comprendido el aviso que daba la aparición, ordena Nabucodonosor que se construya una estatua que lo represente, á la cual, por mandato suyo, se le tributarán honores divinos. Todos obedecen al punto sus órdenes, excepto el Rey cautivo de Judea, que se niega á adorar estatuas, por cuyo motivo dispone Nabucodonosor que sea quemado vivo. Enciéndese, en efecto, la hoguera, pero las llamas se transforman en rosas. Aparécese entonces el profeta Daniel, y anuncia al orgulloso Rey que Dios le castigará rigurosamente, y que su castigo no cesará hasta que se arrepienta. La última mitad del auto, en que Nabucodonosor sufre la pena de su orgullo, y al fin se arrepiente, no es igual en mérito á la primera, y su relación con el sacramento, necesaria á la conclusión de esta clase de autos, escasa y como traída por los cabellos.

En el auto al Nacimiento de Mira de Mescua, titulado El sol á media noche, nos ofrece convertida en esclava á la Naturaleza humana, lamentándose así en la prisión de su desdichada suerte:

Tierra cercada de abrojos,
Agostada, mustia y seca,
Mieses con sudor regadas,
Plantas de frutas acerbas,
Mudos peces, mar salado,
Viento sordo, aves ligeras.
. . . . . . . . . . . .
¿Hay quien de vosotros diga,
Si mi rescate comienza,
Si mi cautiverio acaba,
Si mi descanso se acerca?
. . . . . . . . . . . .
¿Quándo el Dios de las venganzas
Y de batallas sangrientas,
Trocado en cordero humilde
Dejará á la muerte muerta?
¿Y del poder del pecado,
Potentado de la tierra
Turco Solimán...
. . . . . . . . . . . .
Me librará?
. . . . . . . . . . . .
¿Quándo lloverán las nubes
El pan, que el santo amor siembra,
. . . . . . . . . . . .
Flor de Jericó olorosa,
Madre y esperanza nuestra,
Con cuyo pie amenazaste
La serpiente?...

La cautiva intenta huir de su prisión, pero es sorprendida por su señor el Pecado, que se aparece en forma de turco. Vigílasela entonces más rigurosamente, nombrando sus carceleros á la Avaricia, al Deleite y al Orgullo, cuando el pastor San Juan Bautista entra en la cárcel y la consuela anunciándole su pronta redención. Lo restante del auto, como casi todos los de su especie, refiere la llegada á Belén de San José y de la Virgen, y la anunciación á los pastores del nacimiento de Jesús. A la conclusión se lleva San Juan Bautista al Linaje humano:

SAN JUAN.
Desde aquí podrás mirar.
Oh Naturaleza hermosa,
En los brazos de una rosa,
Al que te viene á salvar.