(Con música aparece Nuestra Señora sentada en una silla, la Luna por chapines y el Pecado debajo de los pies; el Niño sobre sus rodillas.)
SAN JUAN.
Este es el Agnus de Dios;
Este quita los pecados
Del mundo.
NATURALEZA.
A sus pies postrados
Ya veo los Orbes dos,
Y que huella con su planta
La Madre de la belleza
Al Pecado la cabeza.
. . . . . . . . . . . .
Niño Sol recién nacido,
En brazos de tal Aurora,
Que mi culpa y yerros dora,
Seáis para mí bien venido.
. . . . . . . . . . . .
Sé que nacéis en Belén
A remediar mi caída.
CAPÍTULO XXI.
Luis Vélez de Guevara.—Párrafos de El diablo cojuelo, acerca del teatro.—Las comedias más notables de Vélez de Guevara.
SCASAS, en verdad, son las noticias biográficas de Luis Vélez de Guevara[38] que han llegado hasta nosotros, reducidas á lo siguiente: Nació en Ecija, en Andalucía, en el último tercio del siglo XVI[39]; pasó en Madrid la mayor parte de su vida; estuvo al principio al servicio del conde de Saldaña; desempeñó después un destino en la corte de Felipe IV, cuyo favor supo particularmente granjearse, y murió en el año de 1644. En un escrito, impreso á fines del siglo XVI, se le nombra ya entre los autores dramáticos[40]. En los últimos años de su vida compuso diversas comedias con Calderón, Rojas y Antonio Coello. El número de las escritas por él (advirtiéndose que, sin duda, se han perdido muchas), asciende á más de 400. Entre las demás obras suyas, es famosa la novela que se titula El diablo cojuelo[41].
Antes de hablar de Guevara como autor dramático, creemos oportuno citar algunos párrafos de aquella obra, en que el autor discurre burlescamente acerca del teatro y de los poetas dramáticos de su tiempo.
El diablo cojuelo. Tranco 4.º—«A las dos de la noche oyó unas temerosas voces que repetían: ¡fuego, fuego! Despertaron á los dormidos pasajeros con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier alboroto á los que están durmiendo, y más oyendo nombrar fuego, voz que con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos las escaleras para bajar más apriesa, otros saltando por las ventanas que caían al patio de la posada, otros que por pulgas ó temor de las chinches dormían en cueros como vinagre, hechos Adanes del baratillo, poniendo manos donde habían de estar las hojas de higuera, siguiendo á los demás y acompañándolos Don Cleofás con los calzones revueltos al brazo y una alfagía, que por no encontrar la espada topó acaso en su aposento, como si en los incendios y fantasmas importase andar á palos ni cuchilladas: natural socorro del miedo en las repentinas invasiones. Salió en esto el huésped, en camisa, los pies en unas empanadas de frenegal, cinchado con una faja de grana de polvo al estómago, y un candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen, que aquel ruido no era de cuidado, que se volviesen á sus camas, que él pondría remedio en ello. Apretólo Don Cleofás, como más amigo de saber que le dijese la causa de aquel alboroto, que no se había de volver á acostar sin descifrar aquel misterio. El huésped le dijo, muy severo, que era un estudiante de Madrid, que había dos ó tres meses que entró á posar en su casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito dos que se las habían chillado y apedreado como viñas, y que estaba acabando de escribir la comedia de Troya abrasada, y que, sin duda, debía de haber llegado al paso del incendio, y se convertía tanto en lo que escribía que habría dado aquellas voces; que por otras experiencias pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible, como él decía, que para confirmarlo subiesen con él á su aposento, y hallarían ser verdadero este discurso.