La afición á escribir comedias crecía más cada día; el número de los nuevos poetas dramáticos se aumentaba de año en año, y los más intentaban rivalizar en fecundidad con Lope de Vega. No es posible negar que la inundación, siempre mayor, de obras dramáticas, que invadía al teatro español, arrastraba consigo muchas composiciones medianas; pero también se puede afirmar, que, hasta los dramas peores de esta época, no fueron nunca tan defectuosos como el conjunto de las obras dramáticas de casi todas las demás naciones. Reinaba en la España de ese tiempo una inspiración poética especial, que se extendía desde los autores más distinguidos á los más inferiores, haciéndolos partícipes de brillantes cualidades, de las cuales quizás hubieran carecido en circunstancias menos favorables, por cuyo motivo no es fácil encontrar una obra dramática del tiempo de Lope ó de Calderón, en que no aparezca alguna buena propiedad, alguna invención feliz, algún rasgo brillante de imaginación, ó por lo menos un estilo poético sobresaliente. Entre todos ellos hubo algunos, que, señalados como poetas de primer orden, atravesaron así los siglos y serán llamados tales por todas las generaciones futuras, y otros, que, con facultades más limitadas, escribieron, sin embargo, algunas obras muy notables, que les han asegurado para siempre gloria duradera. Daremos, pues, á conocer estos poetas dramáticos españoles más famosos, y comenzaremos por aquéllos que llegaron á la cúspide de su arte, en el tiempo en que vivía Lope de Vega.
CAPÍTULO XXIV.
Diego Jiménez de Enciso.—Juan Pérez de Montalván.
IEGO Jiménez de Enciso, poeta, que no se debe confundir con Bartolomé de Enciso, algo posterior, era natural de Sevilla. Nada particular puede decirse de su vida[60]. Como ya se le menciona en la obra de Antonio Navarro, antes citada, así como en el Viaje al Parnaso, su nacimiento debió ocurrir, lo más tarde, en el último tercio del siglo XVI; sin embargo, hubo de escribir para el teatro ya adelantado el XVII, porque su nombre se lee en la gran colección de Comedias escogidas, cuyo primer volumen apareció en 1652, y por cierto con frecuencia, debiendo advertirse, que, con pocas excepciones, las que se enumeran en esa compilación pertenecen siempre á poetas existentes. El número de sus obras dramáticas no es muy considerable, si hemos de atenernos á las que se conservan, pero hay algunas, entre ellas, que exigen de nuestra parte la mayor atención[61].
Enciso, entre todos los poetas dramáticos, es el que más sobresale por su pintura de caracteres. Penetra, en virtud de la observación más perspicaz, en lo más íntimo del alma de sus personajes, para descubrir en ella la causa de sus debilidades y de sus virtudes; las espía, por decirlo así, en las variaciones más secretas de la vida de su espíritu, y presenta al espectador, con tanto esmero como prolijidad, sus observaciones psicológicas. Otros poetas dramáticos españoles, á la verdad, se han propuesto también trazar la pintura de caracteres, pero son muy contados los que, como Enciso, lo han hecho con tanta constancia y con tanta claridad y relieve.
Esta prenda especial de nuestro autor resplandece, sobre todo, en los dos dramas suyos titulados El príncipe Don Carlos y La mayor hazaña de Carlos V, dos grandiosos y verdaderos cuadros históricos, de los más nobles y dignos. En el primero, con rasgos escasos y decisivos, se diseñan con el más vivo individualismo los caracteres de Felipe II y del príncipe Don Carlos. El del Rey, sin duda, está trazado con alguna parcialidad en su favor y adornado de una dignidad, contraria á la verdad histórica; pero si se prescinde de esta circunstancia, por otra parte muy excusable en un español del siglo XVII, en lo demás es obra de mano maestra. El Príncipe aparece (muy diverso del Don Carlos soñado por la desarreglada fantasía de la época moderna, aunque más conforme con los datos históricos) como un libertino caprichoso y arrogante, como un tirano de todos sus súbditos, cuya muerte, antes de ceñirse la corona, debe considerarse como una verdadera dicha para España. En la exposición de su carácter licencioso se observan muchas anécdotas y rasgos de su vida, transmitidas, al parecer, por la tradición, que ha aprovechado el escritor para derramar nueva y más interesante luz acerca de la índole del último. No nos es posible hacernos cargo de cada una de estas particularidades, limitándonos sólo á indicar el desarrollo de la acción.
Don Carlos, que se cree cohibido al lado de su padre y esclavizado por él, y con el auxilio de un flamenco llamado Mons de Monteni, ha formado el plan de escaparse á Flandes y ponerse al frente de los rebeldes. Mientras espera ocasión favorable para realizar su propósito, se abandona á los excesos más indignos, que ya desde antes le halagaron, y que han sido la causa principal de la pérdida de su salud. Ha concebido una pasión violenta por la bella Doña Violante; pero ésta, prometida á otro, rechaza con desprecio sus proposiciones, induciéndole á emplear la fuerza para conseguir el logro de sus deseos. Esta bella joven viene por engaño á la habitación del Príncipe, en la cual, al penetrar en ella, se ve envuelta sola en la más profunda obscuridad, puesto que Don Carlos, por otro motivo, no puede encontrarse á su lado; comienza á temer alguna asechanza y busca una salida, llena de desesperación; oye á lo lejos los ayes inquietos y los suspiros de un moribundo, que aumentan más su horror, y por último, consigue escaparse. Poco después viene el Príncipe, lisonjeándose de encontrar á su amada, y entregarse á sus apetecidos y risueños devaneos. Después de varias tentativas infructuosas se traslada á otra habitación de Palacio, en la cual cree ver una forma que, en cuanto las tinieblas lo permiten, se le antoja ser Doña Violante, y en este momento se presentan criados con antorchas, y el Príncipe, en vez de encontrarse en presencia de su codiciada beldad, contempla ante sí, ahogado y cadáver, á su cómplice Mons de Monteni. Esta escena es, á la verdad, lo que se llama un golpe teatral; pero también, sin disputa, de extraordinario efecto. El muerto lleva un papel en la mano, en el cual se expresa la causa de su suplicio, y además un aviso para el Príncipe. La ira contenida de Don Carlos se exhala entonces sin freno; intenta matar al duque de Alba, que le es profundamente antipático por el favor que el Rey le dispensa, y su padre, sin embargo, en vez de mostrarse con él justiciero, lo exhorta y aconseja blandamente, hasta que al fin se ve obligado á aprisionarlo para evitar nuevos y mayores delitos. En la cárcel, y agobiado por sus pasiones, se ostenta en toda su plenitud el carácter del Príncipe, y mientras que, ya arrastrado por la ira, ya por el dolor ó el arrepentimiento, yace en su lecho, se le aparece una figura, que es su propio retrato, pero con rostro cadavérico, con una corona hecha pedazos en las manos y profetizándole su próximo fin. Al mismo tiempo se oye un coro celestial que le anuncia, que la justicia divina lo ha condenado á perder la vida y el trono, escena, por cierto, de la más sublime poesía. Don Carlos se queda como anonadado; el Rey llega corriendo, y asiste á los últimos instantes de su hijo, á quien llora con ternura paternal á pesar de sus extravíos.