El drama histórico La mayor hazaña de Carlos V, que trata de su abdicación y de su vida y muerte en el monasterio de Yuste, en nada es inferior al ya citado, y comprende escenas, cuya grandeza, cuyo brillo y espléndido colorido, no fueron nunca superados. Sobresale en este drama el carácter del Emperador, magistralmente diseñado, y junto á él el retrato seductor, por la verdad y lozanía de sus rasgos, del joven Don Juan de Austria.

Las restantes obras de Enciso, que conocemos, como El gran duque de Florencia, Juan Latino, etc., aunque se distingan por muchas bellezas análogas á las mencionadas, no pueden, sin embargo, á nuestro juicio, compararse con las dos anteriores.

Juan Pérez de Montalbán era hijo de un librero de Madrid, en donde nació en el año de 1602[62]. Parece que, desde su juventud, fué particularmente favorecido por Lope de Vega, y que vivía en el seno de su familia como si en realidad perteneciese á ella. La protección del gran poeta hubo, sin duda, de ayudarle mucho, cuando á los diez y siete años de edad principió á escribir para el teatro; sus primeros ensayos fueron alabados, consagrándose á su vocación con tal celo, que, durante el espacio comprendido entre 1619 y 1638, se habían representado ya cien comedias suyas[63]. A los treinta y tres años entró en el estado eclesiástico, y poco después fué nombrado notario apostólico de la Inquisición. Además de sus comedias, escribió otras diversas obras, especialmente una colección de novelas, que se leyeron mucho en su tiempo, y un libro singular, que se tituló El paratodos, y que era una miscelánea de cuentos, comedias, autos, tratados morales y religiosos, etc.[64]. El público acogía con el mayor favor casi todas sus obras, y así lo demuestran las muchas ediciones que se han hecho de ellas, aunque no por eso se viese libre de disgustos en su carrera literaria, teniendo adversarios encarnizados, no escasos en número, y de notoria y brillante reputación. El más implacable de todos fué el célebre D. Francisco de Quevedo y Villegas[65], que publicó un libelo contra el Dr. Juan Pérez de Montalbán, graduado no se sabe en dónde ni en qué facultad. En él maltrata al pobre doctor sin compasión; dice que vive con los retazos de las comedias de Lope de Vega, y que se hizo sacerdote para plagiar en todo á su modelo; que se ha engalanado con el título de doctor para que lo confundan con Mira de Mescua, y que ha robado una comedia entera á Villaizán. Califica al Paratodos de galimatías de todas las cosas posibles, y añade que es menos un libro que un coche que corre de Alcalá á Madrid, en donde viajan apretados unos con otros gentes de toda edad y condición. Su censura es aún más sangrienta al hablar de las dos comedias suyas De un castigo dos venganzas y El segundo Séneca, y de su auto El polifemo. A la conclusión de este escrito, después de llamarle Sr. Dr. Montalbán, le dice que todos los hombres son mortales, y que los poetas cómicos, sólo por serlo, se exponen á ver silbadas sus comedias, y cuando en una representación, en que hay muchos cambios de decoraciones, salen éstas mal por culpa del tramoyista, el silbado es él y no el poeta. Dícele, además, que no califique los silbidos como signo de desagrado, sino, al contrario, como señal de la alegría de los espectadores, que recibieron á su comedia como se recibe á los toros en la plaza, aunque el autor, lleno de confianza en su habilidad para escribir, nunca habría imaginado que podrían escribirse tales comedias taurinas, destinadas á morir entre gritos, siseos y silbidos. Dice también que ya él presintió alguna desgracia viendo las muchas tablas que se traían para el juego de la tramoya, haciéndole acordarse de las barreras de la plaza, y que el público se consolaría al cabo si la representación de una comedia terminaba en corrida de toros. Hubiera convenido, á su juicio, que Montalbán en su comedia no emplease trompeta ni clarines, constándole perfectamente que con ellas se da la señal para desjarretar al toro. Las mujeres fueron las primeras que comenzaron á silbar. Los mosqueteros, excitados por ellas, descargaron también sus armas, y por consiguiente, la comedia murió como un toro, entre siseos y silbidos, ó entre arcabuzazos, como soldado valiente, pareciendo aquello una sublevación popular, cuyos caudillos eran mujeres. Concluye exhortándole, no á que cuide de su salud, sino de su razón, porque esta última, después de tal fracaso, es la que corre más peligro.

Nuestro poeta murió en el año de 1638. Seis meses antes, probablemente á consecuencia de trabajos excesivos, tuvo la desgracia de perder el juicio. Su temprana muerte fué muy sentida, y así consta de una colección de elegías, compuestas con este motivo por los más célebres poetas españoles[66].

Montalbán, como dramático, tuvo mucha fama, y ha sido célebre en España hasta la época actual. Esta distinción, de que ha sido objeto, no parece enteramente justa, si se reflexiona que otros autores de más mérito han sido casi olvidados. Los dramas de Montalbán tienen, sin duda, sus bellezas, pero no suficientes, ni por su importancia ni por su brillo, para que se le señale el primer rango en este género literario. Participan, es cierto, en más ó en menos de las buenas cualidades, propias de las obras maestras del período más floreciente del teatro español, pero no se distinguen tampoco por ninguna dote característica que les sea peculiar. Se echa de menos en ellas una inspiración poética enérgica y poderosa, que se apodere del alma y la arrastre consigo sin hacer resistencia, y el sello victorioso del genio que manda y obliga, y no aconseja ni persuade. El talento de este autor no era original, ni vigoroso lo bastante para crearse una esfera de acción, en la cual, como en territorio suyo, reinase sin obstáculos; al contrario, se dejaba influir, ya de éste, ya del otro motivo, y de aquí que sus escritos recuerden siempre, y no en ventaja suya, modelos anteriores. Sus obras no sobresalen por ningún rasgo característico individual, por ninguno, á lo menos, digno de alabanza, y acaso no se pueda decir de ellas otra cosa, sino que su propiedad más notable es la de una locuacidad insípida é hinchada, por su estilo retórico y ostentoso y por su falta de fondo y de vida.

El modelo, que se propone imitar casi siempre Montalbán, es indudablemente Lope de Vega. ¡Ojalá lo hubiese hecho siempre con formalidad y aplicación! ¡Ojalá que, conociendo plenamente las bellezas de su maestro, hubiera intentado apropiárselas! ¡Ojalá, por último, que hubiese trabajado con celo constante y prolijo esmero en perfeccionar sus facultades personales, y en imprimir en sus obras, con la atención y el empeño más sostenido, esa morbidez y plenitud artística que Lope de Vega imprimía en las suyas sin pensarlo siquiera! Por desgracia, nada de esto puede alabarse en Montalbán. Apreciaba, según parece, el mérito de su gran maestro más por la cantidad que por la calidad de sus obras, juzgando que para alcanzar, siquiera aproximadamente, su fama poética, había de rivalizar con él en la velocidad del trabajo. Pero sólo era dado al Monstruo de la Naturaleza el ser á un tiempo polígrafo y poeta en el sentido más riguroso de la palabra, porque cualquiera otro que creyera igualarlo sólo podría engendrar verdaderos absurdos dramáticos, en cuyo caso se encuentra Montalbán y la mayor parte de sus obras. Hay, sin duda, algo suyo con más títulos á nuestra estimación, aunque estos trabajos, más meditados y hechos con mayor esmero, son excepcionales, y seguramente no se comete con él ninguna injusticia cuando se sostiene que, por lo general, escribe casi siempre á la ligera, sin concentrar en sus obras todo su empeño y todas sus facultades, y sin sentido alguno de la perfección artística. El fondo de la mayor parte de sus dramas adolece de falta de solidez y de riqueza esencial, y consiste en una serie de escenas diversas que, si bien encadenan la atención, carecen de unidad y de objeto, por cuyo motivo la impresión total que hacen en el ánimo es siempre superficial y floja. No hay que hablar, por tanto, de lo que se llama verdadera composición poética; cuanto encuentra la pluma del escritor de comedias en su rápida carrera ocupa lugar en la obra, sin consideración alguna á su conveniencia ó inconveniencia con el conjunto. Este defecto es muy grave, y jamás podrá censurarse como merece, si se tiene en cuenta la dignidad de la poesía. El ingenio de Montalbán claudicaba también por su escasa energía, y por consiguiente, era incapaz de infundir animada vida en los objetos á que se aplicaba; no podía profundizar nada, lo cual, juntamente con su escaso acierto poético, le impedía elegir, entre los objetos que se le presentaban, aquellos conceptos que deben llamar exclusivamente la atención del poeta, y de aquí que lo trivial y lo insignificante sin belleza valgan para él lo mismo que sus contrarios, y que, en vez de mostrar ingenio verdadero y perspicaz, sólo nos ofrezca rasgos de frívola y vulgar agudeza. Estas mismas faltas que señalamos en sus composiciones, se observan también en su estilo pesado, y que se arrastra, al parecer, sin entonación ni fuerzas, aunque se esfuerce vanamente en disfrazar ese defecto de vigor y de fuego propio usando un lenguaje hinchado y lleno de hojarasca.

Este juicio general, formado por la lectura de más de treinta comedias de Montalbán, y sin detenernos á confirmarlo más prolijamente, basta, sin duda, para nuestro objeto, no sólo por ser siempre harto desagradable perder el tiempo examinando escritos de poco mérito, sino también porque llamando nuestra atención otros muchos de valor literario incomparable, es justo y sensato que le demos la preferencia debida. Analizaremos, pues, por esta razón las comedias de Montalbán, que, sin igualar por sus bellezas á las de otros poetas dramáticos españoles superiores, se distinguen, sin embargo, de las demás, porque parece que el autor se ha excedido á sí mismo, é indicaremos únicamente por su nombre las menos importantes que, por cualquier causa, sean dignas de mención.

En Los amantes de Teruel desenvuelve un argumento, puesto antes en escena por Andrés Rey de Artieda, y objeto también de los trabajos dramáticos de Vicente Suárez y de un poeta anónimo, según consta del tomo II de las comedias de Tirso de Molina. A nuestro parecer es la mejor la comedia del anónimo, cuando se compara con las demás que han tratado del mismo asunto; pero la más célebre ha sido la de Montalbán, y la única que se ha conservado en el teatro. El suceso, que sirve de fundamento á estos diversos dramas, ocurrió en la ciudad de Teruel, en Aragón, en tiempo de Carlos V. Don Diego, mancebo noble, pero no rico, ama tiernamente á Doña Isabel, hija del opulento Don Pedro, y es correspondido de igual modo por ella; pero tiene por rival á Don Fernando, protegido por el padre de la doncella, y que cuenta también con el favor de Elena, sobrina de Don Pedro. Esta ama también á Don Diego, y emplea todos sus artificios para apartarlo de su afición á Isabel. Diego, después de muchas vacilaciones, se decide al cabo á pedir á Don Pedro la mano de su hija; pero es rechazado al principio, si bien logra al cabo, al expresar su pasión con el mayor calor y elocuencia, que Don Pedro le prometa que Isabel será libre por espacio de tres años y tres días, y que si durante este plazo consigue hacerse rico, ningún obstáculo se opondrá á su deseado enlace con ella.

El noble mancebo entra en el servicio de las armas para buscar fortuna, bajo las banderas de Carlos V; toma parte en la expedición á Túnez y en las guerras de Italia, y aunque hace prodigios de valor, son mal recompensadas sus hazañas, y la tristeza que le produce esta injusticia, se aumenta todavía por la circunstancia de no recibir noticia ni carta alguna de su amada. Cuando el plazo de los tres años está á punto de espirar, y cuando se dispone á regresar á su patria tan pobre como la dejara, el mismo Emperador le concede al fin la esperada recompensa. Isabel, mientras tanto, no ha olvidado á su amante; pero todas las cartas de ambos han sido sustraídas por la traidora Elena. Tan lejos llega la perfidia de esta última, que soborna á un soldado, que ha venido de Italia, para que difunda el falso rumor de la muerte de Diego. Fernando, el antiguo pretendiente de Isabel, renueva entonces por este motivo sus anteriores pretensiones, y aunque ella llora la pérdida de su amante, se ve obligada, al espirar el plazo, á acceder á los deseos de su padre y á dar su mano á Don Fernando. Celébranse, pues, las bodas, á pesar de la pena profunda de la desposada. Regresa al mismo tiempo el que se creía muerto; obstáculos insuperables han impedido su vuelta en la época oportuna. Su primer entrevista es horrible: Diego, al verse privado para siempre de su amada, se da la muerte, é Isabel, vencida por la fuerza de su dolor, cae moribunda al lado del cadáver de su primer amor, diciendo en sus últimas palabras que sólo él es su verdadero esposo. Estos sucesos son apropiados, por su índole, á mover el interés y la compasión, á no desfigurarse y manejarse torpemente, y Montalbán, en escenas llenas de pasión y de fuego, ha sabido excitar, en grado supremo, las simpatías del público, á cuya circunstancia debe, sin duda, su comedia la fama de que ha gozado tanto tiempo en el teatro. El plan y trazos de la misma son, sin embargo, muy defectuosos en el conjunto y desiguales en sus diversas partes; en el argumento no hay la concentración necesaria, y en su estilo se ostentan las faltas, ya censuradas, de este poeta, no una vez, sino muchas, de una manera chocante.

La doncella de labor es una comedia de intriga, de invención no censurable, aunque, sin duda, se oponga sobremanera á nuestras actuales ideas acerca de lo que debe ser la verosimilitud. Doña Isabel de Arellano, joven dama de provincia, ha concebido una viva pasión por Don Diego de Vargas, sin conocerlo ni tratarlo, y sólo de verlo. Con el objeto de sondearlo y á la vez de averiguar si es digno de su amor y hombre animoso y resuelto, trama el plan astuto de presentarse á él fingiendo ser una señora casada, perseguida por su marido celoso, y con este pretexto penetra, cubierta con un velo, en el domicilio de Don Diego, cuyo auxilio reclama, suplicándole que, por el momento, le permita residir libremente en su casa. El noble mancebo accede á sus deseos al instante, como lo exigía en tales casos el deber de todo caballero, y le entrega además las llaves de su casa, llamándole fuera otras ocupaciones perentorias, con el propósito de demostrarla que puede mandar en ella como si fuera la dueña. Don Diego tiene relaciones amorosas con otra beldad, de nombre Doña Elvira, con la cual, en la escena inmediata, celebra una entrevista en el Prado, que, en esta ocasión, es muy acalorada, y Elvira, en su consecuencia, quiere acompañar á su casa á su amante; éste se ve, por tanto, en una posición embarazosa, acordándose de su huéspeda y oponiéndose con astucia al proyecto de su adorada, y logrando disuadirla de él y regresar solo á su casa. Pero apenas ha entrado en ella y hablado algunas palabras con su protegida, cuando lo sorprende Elvira, á quien su conducta ha infundido recelos y sospechas; la última, al ver á la otra dama, siente y expresa los celos más vivos, y excita en el mismo grado los de Isabel. El acto primero termina con este enredo, que parece más complicado aún por otros incidentes que omitimos. En el segundo se nos presenta Isabel con un disfraz extraño, efecto de un plan que ha forjado, de entrar al servicio de Elvira como costurera, con el fin de ahondar aún más todavía la desunión que ha surgido entre los dos amantes, y al mismo tiempo de emplear todos los medios posibles en atraer á sus redes á Don Diego. Apenas ha entrado al servicio de su rival, se le presenta la ocasión oportuna de ejecutar su proyecto. Don Diego se ha reconciliado otra vez con Elvira y viene á buscarla para llevarla á su casa, desde la cual puede ver una procesión solemne que ha de pasar por allí. Apenas lo ha oído Isabel, envía á su doncella á la casa de Don Diego, en donde puede entrar á cualquier hora teniendo las llaves en su poder, para que, disfrazada con su velo y haciendo de señora, despierte de nuevo los celos de Doña Elvira. Su astucia triunfa plenamente, y los dos enamorados se separan uno de otro llenos de ira. Isabel aprovecha la coyuntura para aumentar la inclinación de Don Diego á la tapada con el velo, y le proporciona una cita con la misma. El desarrollo posterior de esta comedia, como se adivina fácilmente, consiste en que Doña Isabel sustituye á su doncella, y se da trazas de enamorar vivamente á Don Diego, mientras que, por otra parte, lo aleja más y más, con sus intrigas, de Doña Elvira, hasta que al fin logra ver realizados por completo sus deseos. Menester es, para que no nos choquen tanto las inverosimilitudes, que, con arreglo á nuestras ideas actuales, se originan necesariamente de estos disfraces con el velo, sin que los personajes que lo hacen, sean, sin embargo, conocidos, que no olvidemos las aventuras á que daba lugar el uso de esta prenda de vestir, y la habilidad extraordinaria con que la manejaban las damas españolas cuando las circunstancias lo exigían.