CAPÍTULO XXVI.

Crítica particular de las obras dramáticas más notables de Tirso.

AY ciertas creaciones suyas en las cuales parece recrearse de preferencia, por la repetición con que se muestran en sus obras. Doncellas, por ejemplo, que se disfrazan con traje de hombres para vengarse de amantes infieles y para indisponerlos con sus rivales, se reproducen en muchas.

La más notable de las que desenvuelven este tema es, á nuestro juicio, la que lleva el título de Don Gil de las calzas verdes, una de sus más famosas comedias, que hasta ahora se ha mantenido en el teatro español con el mayor aplauso de los espectadores de todas las épocas, y lo mismo se observa en El amor médico, en La huerta de Juan Fernández y en alguna otra. Agrádale también presentar cortes extranjeras en la escena para el desarrollo de sus intrigas dramáticas, y un aventurero español, rival de diversos príncipes que pretenden la mano de alguna princesa, el cual, después de los sucesos más interesantes, sin duda por ser compatricio del poeta, logra siempre al cabo la victoria. Muchas veces sus personajes, que pertenecen á la clase más elevada de la sociedad, se ven contrapuestos á los de las más bajas de la misma, resultando, del contraste que forman las costumbres cortesanas con las rústicas ó populares, situaciones divertidas con extremo, que el poeta aprovecha para su objeto con su ordinario ingenio, formando las delicias del público. En ocasiones traslada á la corte á campesinos y explota el contraste de sus hábitos antiguos con los nuevos modales, que intentan adoptar, convirtiéndolos en fuente inagotable de las más ingeniosas y agradables ocurrencias. En otras, personajes del más alto rango, ya disgustados de la monotonía de la vida cortesana, ya por otras causas, viven entre labradores ó pastores, vestidos como ellos, y cuando la casualidad los reune con otros cortesanos, aprovechan su disfraz para mostrar la más fina ironía y hacer las observaciones más mordaces contra la libertad de los habitantes de las aldeas y su candor aparente. El talento de Tirso es también incomparable para el idilio en toda su pureza, sin adición alguna satírica, y nunca pierde la ocasión de hacerlo brillar en todo su esplendor. No se crea, sin embargo, que sus trabajos de esta índole son tan insípidos y frívolos como otros de ese género, populares entonces en toda Europa, porque pinta la vida y aficiones de los campesinos españoles con la más seductora sencillez, con pinceladas vigorosas é inimitables, infundiéndoles vida y carácter real. Sólo Lope de Vega es su rival en esta parte.

Ya hemos mencionado algunas de las mejores comedias de Tirso; pero nos falta indicar lo que, á nuestro juicio, sobresale más y merece llamar preferentemente la atención entre sus innumerables obras dramáticas, y exponer concisamente el argumento de algunas, á fin de conocer la esfera en que giran sus invenciones y en que más se distingue de los demás poetas. Así formaremos una idea exacta, y en lo posible metódica, de su carácter y cualidades. No dejaremos de confesar que nuestro propósito, tratándose de Tirso, tropieza con graves dificultades, en cuanto se propone imprimir orden en nuestro juicio sobre sus obras, y con tanta mayor razón, cuanto que el trazado ó exposición de sus argumentos dramáticos sólo puede dar una idea muy incompleta del conjunto de cada una de sus comedias; y si lo hacemos así, es porque no hay otro medio más adecuado al alcance de quien escribe la historia de la poesía de presentar á los lectores de su obra las cualidades características de cualquier poeta, y á la vez el conocimiento concreto y detallado de sus escritos. Repetimos, pues, la advertencia, que ha de tenerse muy presente, de que el mérito singular de los dramas de Tirso no se encuentra ni en el arte con que está trazado su plan, ni en el arreglo ni unidad del conjunto, sino en la variedad y en el interés de las situaciones, en el vigor y la vida de los caracteres, en el colorido seductor de sus imágenes, en la agudeza inimitable de su ingenio y en el brillo de su dicción poética; que, por tanto, al exponer el argumento de cada uno de ellos, apenas se ve otra cosa que una especie de caput mortuum, y que sus defectos, en esta forma, son más aparentes que sus excelencias.

La villana de la Sagra comienza en una posada: dos criados se entretienen en la antesala jugando á las cartas, mientras sus señores, en la habitación contigua, hacen lo mismo. Las bromas de los dos bribones, á costa de sus amos, son muy divertidas; pero pronto pasan de las burlas á las veras, se acaloran, y el uno da un bofetón al otro. En el mismo instante se presentan también sus amos disputando vivamente, sacan las espadas, y Don Luis mata á Don Juan, huyendo en seguida de la posada para escapar de la justicia. Después se nos presenta en la escena Doña Inés, la hermana del matador, que se ve perseguida por los ruegos amorosos importunos de un hermano del muerto, á quien anuncia que se abstenga en lo sucesivo de visitarla en el instante mismo, en que recibe la noticia del homicidio y huida de Don Luis; y como se considera por esta causa sin protector contra las asechanzas y pretensiones de un amante odioso, resuelve, sin demora, disfrazarse de hombre y reunirse con el fugitivo.