En la escena inmediata, no ya en Santiago, sino en Toledo, Don Pedro, joven galán, persigue en la calle á Angélica, seductora doncella toledana, é intenta acercarse á ella dirigiéndole frases amorosas; pero es rechazado con desprecio. El fogoso y apasionado mancebo, fuera de sí por los desdenes de la Angélica, resuelve, en su pasión, realizar á la fuerza su deseo sin contemplaciones de ningún género. Ofrécele la ocasión más favorable para saciar su apetito la fiesta de San Roque, que se celebra en la noche de aquel día en las inmediaciones de Toledo, esto es, en lo que se llama propiamente la Sagra. Las escenas siguientes representan esta fiesta, descritas con la más viva y brillante poesía. Los asistentes á ella se abandonan sin reserva á sus danzas y cantos, sin aprensión ni temor alguno, cuando de repente se presenta armado Don Pedro y roba á la bella Angélica. El fugitivo Don Luis llega también al mismo paraje, después de consumado el rapto. La narración del delito lo indigna sobremanera, corre en busca del raptor, lo alcanza, y liberta á la robada.

En el acto segundo aparece Doña Inés, vestida de hombre, en el camino de Toledo, á donde ella cree que ha huído su hermano, por residir en esa ciudad un pariente de ambos. Ve acercarse dos caminantes, y conoce que son su hermano y su criado. Don Luis, en efecto, había estado en Toledo; pero habiendo muerto su tío, había tomado la resolución de escapar á sus perseguidores disfrazándose en traje más humilde, y entrando al servicio del padre de la doncella, á quien había arrancado de manos del raptor. Inés lo sorprende hablando con su criado, mientras declara su pasión por la bella Angélica, por cuya causa, ya para estar á su lado sin estorbos, ya avergonzada de su disfraz, determina no darse á conocer de él, sino, al contrario, en cuanto le sea posible, permanecer como desconocida cerca de su domicilio. Se encamina, por tanto, á la aldea de la Sagra, y entra como paje en la servidumbre de Don Pedro, atraído también al mismo paraje por su amor á la bella Angélica. Éste, arrepentido entonces de su reciente atentado, pretende honrosamente á la seductora villana, y cuenta con la aquiescencia de su padre, el más rico personaje de la aldea; pero Angélica no quiere oir hablar de él, enamorada ardientemente de su libertador, á pesar de haberle visto tan á la ligera, que apenas recuerda sus facciones. Mientras ella se abandona sin freno á su inclinación, preséntase Don Luis, humildemente vestido; pretexta ser antiguo criado de su salvador, y le ruega que, por su intercesión, lo admita su padre en el número de sus servidores. El enredo y las complicaciones á que dan lugar estos hechos, son tales y tan grandes, que es imposible referirlos. Sin embargo, en lo más substancial se reducen á lo siguiente: Angélica, en la apariencia, se muestra dispuesta á obedecer la voluntad de su padre, y manifiesta á Don Pedro cierta inclinación, porque espera de este modo, más bien que resistiéndose directa y abiertamente, impedir su odioso matrimonio. Don Luis, mientras tanto, jardinero en la casa de la villana, prosigue la ejecución de su proyecto, ya trayéndole cartas amorosas de su pretendido señor, ya acercándose, como tal y sin disfraz, á las rejas de Angélica, y entablando con ella tiernos diálogos amorosos. En el huerto, en donde se consagra especialmente al cuidado de las colmenas, tiene con ella frecuentes entrevistas, y asiste también á las que celebra con su pretendiente Don Pedro. Como le consta que es fingida la inclinación que Angélica muestra á su pretendiente aprobado, no siente celos algunos, sino que, al contrario, se burla del pobre engañado, ya entonando alegres cánticos que expresan su propia dicha, ya mofándose de su burlado rival, ya interrumpiendo los amorosos diálogos de los dos amantes con la intervención de un enjambre de abejas que lanza entre ambos, y hasta golpeando á Don Pedro, so pretexto de librarlo de la picadura de una de ellas. Estas escenas son de una gracia pastoril inimitable, por su mezcla de ternura y entusiasmo, y por la ironía y la libertad poética que las distingue.—La comedia termina de esta manera: Angélica averigua que Don Luis y su pretendido criado son una misma persona. Inés, empleada como paje de Don Pedro para llevar mensajes amorosos, es traidora á su señor al desempeñar su encargo, y hace lo posible por favorecer á su hermano, y se descubre á él, puesto que antes no la había reconocido. Angélica llega en el momento en que los dos hermanos se abrazan estrechamente, y siente rabiosos celos creyendo infiel á su amante. Determina, para vengarse, dar su mano á Don Pedro, y Don Luis, al saberlo, como Orlando, por Angélica, se vuelve loco; pero felizmente todo se arregla al cabo con felicidad, puesto que Don Pedro es obligado por su padre á celebrar otro casamiento, aunque esto no se justifique con razones sólidas, y Angélica, averiguado su error, se casa con su constante y enamorado pretendiente.

La villana de Vallecas (asunto tratado después, primero por Moreto en La ocasión hace al ladrón, y más tarde por D. Dionisio Solís), nos sorprende por su complicada y animada intriga, y se ha conservado hasta hoy en la escena española, entre las obras más aplaudidas. El capitán Don Gabriel de Herrera tiene relaciones amorosas con Doña Violante, valenciana distinguida, á la que abandona después por encaminarse á Madrid á solicitar el perdón del Rey, por haber matado á otro en un desafío mientras vivió en Flandes. Para hacer este viaje toma el nombre de Don Pedro de Mendoza; un concurso singular de sucesos lo lleva á una posada próxima á Madrid, en donde conoce á un caballero, llegado de Méjico, que realmente lleva el mismo nombre, y otra casualidad hace también que, por una mala inteligencia de los criados, se cambien los dos cofres de Don Gabriel y del mejicano. El verdadero Don Pedro no puede, pues, identificar su persona, á lo cual contribuye la existencia de pruebas de haber cometido un crimen en Madrid, mientras que el culpable, teniendo á su disposición el cofre de su homónimo, no sólo se ve dueño de oro en abundancia y ricas joyas, sino también de ciertas cartas dirigidas á un Don Gómez, con cuya hija había de casarse Don Pedro. El capitán, desplegando la mayor diligencia, se presenta en la casa de Don Gómez como su yerno, y es recibido con los brazos abiertos por el padre y por la hija, mientras que el desventurado Don Pedro, que llega después y trabaja en restablecer la verdad de los hechos, es considerado como un farsante, y además de esto, como si fuera Don Gabriel, es llevado á la cárcel por las gestiones de un hermano de la engañada valenciana. Doña Violante se ha puesto en camino en este intervalo para buscar á su infiel amante, y para expiarlo mejor, ha entrado á servir en Vallecas, pueblo inmediato á Madrid, á un labrador que se dedica á hacer pan, que ella ha de vender diariamente en la capital. Se da traza de entrar en la casa de su rival y de indisponer á los dos amantes, descubriendo el engaño del último y obligándole, al fin, casándose con ella, á cumplir sus antiguas promesas. Las escenas, en que la fingida aldeana censura las costumbres de la corte, con sencillez aparente y en el lenguaje popular, que imita á la perfección, diciendo la verdad sin ambajes ni rodeos, son de las más bellas que ha sugerido hasta ahora la musa cómica. No hay necesidad de añadir que el Don Pedro verdadero es reconocido como tal, y que se casa con la hija de Don Gómez.

La celosa de sí misma se distingue por su argumento, de invención excelente y trazado con admirable ingenio y dominio del asunto. Un caballero joven viene de las provincias á Madrid, en obediencia á las órdenes de sus padres, para casarse con una dama que no conoce, y de la que sólo sabe que es muy rica. No muestra gran inclinación á este enlace, siendo para él indiferentes las riquezas, y deseando sólo que su mujer sea bella y virtuosa. A poco de llegar á Madrid ve una dama, á la salida de la iglesia, cuyo porte y aire le enamoran, á pesar de llevar un velo que oculta completamente su rostro; entra en conversación con ella y se apasiona aún más con este incentivo. Pero esta dama, por una extraña casualidad, es la misma destinada á ser su esposa. Cuando visita después á su prometida, en la casa de sus futuros suegros, manifiesta poco entusiasmo por ella, enamorado sólo de la desconocida. Doña Magdalena, adorada con el velo y despreciada con el rostro descubierto, tiene celos, pues, con razón, de sí misma, y ofendida del comportamiento de su prometido, resuelve castigar la tibieza de éste y premiar la fogosa pasión del amante. Tal es el argumento de esta comedia, notable por sus muchas y divertidas escenas.

Amar por señas es una obra dramática magistral en toda la extensión de la palabra, tan original como ingeniosa, y llena de bellezas poéticas de primer orden por su energía y por su dulzura. Un caballero español, llamado Don Gabriel, ha asistido á un torneo en la corte de Lorena, rompiendo más lanzas que ninguno de sus contrincantes. A su regreso pernocta en un bosque, en donde, hablando con su criado, le dice que viaja muy afligido porque la princesa Beatriz, hija mayor del Duque, á quien ha visto sólo de paso, le ha inspirado un amor ardiente. Mientras entabla este diálogo, le roban su equipaje, sin notarlo, y, cuando lo averigua y corre á buscarlo, observa á lo lejos un hombre que, al parecer, lo espera. Es un criado de la corte que le confiesa haberlo robado por orden de una señora, que le ama; Don Gabriel pregunta quién es ella, y le contesta que una de las tres Princesas. El criado se aleja de allí mientras tanto, y Don Gabriel le sigue, ya excitado por la curiosidad, ya para no perder ciertos recuerdos de una de sus anteriores damas guardados en su equipaje; de repente se ve solo en la obscuridad, porque, sin notarlo, ha llegado, en persecución de su ladrón y atraído por él, á un aposento del castillo, y encuentra cerradas las puertas á su rededor, pero no permanece mucho tiempo en este estado, porque su servidor, el gracioso, se descuelga con una cuerda por la chimenea; en una palabra, el caballero extraviado ha caído en un castillo encantado. No tarda en ponerse en movimiento un torno que hay en la pared, por medio del cual recibe el caballero luz y un cesto con manjares. Dentro del cesto viene también una carta, que dice lo siguiente: «Por los papeles que os he usurpado, sé, Don Gabriel Manrique, parte de vuestros amores. Quien temerosa de perderos os ha impedido el viaje, mal os lo consentirá celosa. El cuarto de esta quinta que os detiene está deshabitado, y imposible en él vuestra salida mientras no juréis, con la seguridad que los bien nacidos empeñan palabras, y las firméis de vuestro nombre, no partiros de nuestra corte sin licencia mía, no revelar á persona estos secretos, y conjeturar por señas cuál de las tres primeras damas es la que en palacio os apetece amante.»

Doña Beatriz ha ideado esta intriga para probar la perspicacia del caballero extranjero, y para cerciorarse de que es espontáneo el amor que le profesa; con este objeto, sin revelar su plan, distribuye, entre sus hermanas, varias joyas y otras prendas para engañar mejor á su amante. Don Gabriel presta su juramento, y se presenta de nuevo en la corte como si no estuviera enamorado: su corazón se inclina á Beatriz; pero los diversos objetos suyos, que poseen las Princesas, la simpatía que le manifiestan y otras circunstancias casuales que concurren en este enredo, le confunden de manera que, complicándose aquél más y más, ya que no podemos, por desgracia, descender á sus pormenores, se resuelve al cabo casándose el caballero, como ardientemente deseaba, con la princesa Doña Beatriz. Esta comedia se distingue, desde el principio hasta el fin, por una serie de escenas tan ingeniosas como interesantes, y así en su conjunto como en sus partes es tan bella y tan perfecta, que debe ser considerada, con justicia, como una de las obras más excelentes de la poesía cómica.

Poco menos divertido é interesante es el argumento de la titulada No hay peor sordo que el que no quiere oir. Don Diego, con arreglo al convenio que hay entre su padre y Don García, debe casarse con Catalina, la primogénita del último; pero en realidad está más enamorado de Lucía, la hermana menor, que también le corresponde por su parte. Catalina, que ama apasionadamente á su futuro esposo, por cuya razón está celosa de su hermana, se esfuerza por todos los medios posibles en persuadir á su padre que la case con un cierto Don Fadrique; pero los amantes se oponen á este propósito con todos sus recursos, é intentan, por medio de la astucia, el logro final de sus deseos. Don Diego pretexta á veces, para alejar ese enlace, que detesta, tener ya elegida otra esposa, y Doña Lucía, á su vez, se finge sorda sólo por no oir hablar de Don Fadrique y de su casamiento. Esta sordera fingida, de la cual toma su título la obra, da ocasión á las escenas más graciosas. Don Diego induce después á un primo suyo, llamado Don Juan, á disfrazarse de alguacil y acusar á Don Fadrique de un delito supuesto. En virtud de otra intriga, Don García se ausenta algún tiempo de su casa, cuya ausencia aprovechan los amantes casándose, y á su regreso traen la noticia de que Don Fadrique ha sido forzado por la justicia á dar su mano á otra dama, á quien había hecho promesa formal de casamiento; Don Diego y Doña Lucía se le presentan ya como recién casados, y Doña Catalina, perdidas sus esperanzas, acepta la mano que Don Juan le ofrece.

Amar por arte mayor es una comedia de mucho mérito, por su gracia, y conocida probablemente de Calderón y no olvidada cuando escribió su Secreto á voces.

La protagonista de La fingida Arcadia es una Condesa italiana, entusiasta hasta el extremo de las poesías de Lope de Vega, declarando por este motivo, á sus diversos pretendientes, que el elegido entre ellos será sólo el que reuna todas las cualidades que Lope de Vega atribuye al pastor Anfriso en su Arcadia. Todos los galanes adoptan, pues, los nombres y trajes de los pastores, consiguiendo al cabo la victoria un español, que sirve á la Condesa disfrazado de jardinero.

El vergonzoso en Palacio goza de singular celebridad, mereciéndola más por su excelente trazado de caracteres particulares y por sus situaciones dramáticas numerosas, que por la harmónica trabazón de su conjunto. Amar por razón de estado abunda también en iguales bellezas, y sobresale por lo perfecto de su plan. En Mari Hernández la gallega y Averígüelo Vargas observamos personajes de naturalidad extraordinaria, y reunen en grato consorcio la dulzura del idilio con el interés de una acción animada y rica en detalles. Amor y celos hacen discretos nos ofrecen un aticismo acabado en su exposición, frases de una gracia inimitable y un espíritu de observación, poco común al representar los estados más íntimos y diversos del alma. Llama también esta comedia nuestra atención porque guarda escrupulosamente las tres unidades de lugar, de tiempo y de acción.