Los resortes empleados principalmente por Calderón en sus enredos parecerán más claros todavía teniendo en cuenta que consisten en el amor de dos damas al mismo caballero; en las pretensiones de muchos galanes á la misma doncella, de dos amigos en conquistar las gracias de la misma beldad; en los celos de las enamoradas parejas; en la lucha de deberes entre el amigo y la amada; en la ocultación de las mujeres por medio del velo, y de los hombres con la capa, y en las equivocaciones, que se originan, de ambos medios; en requiebros nocturnos junto á la ventana de una dama, y en cambios, ocurridos con este motivo, cuando se pone otra en lugar de la que se espera; en conflictos de los deberes de la hospitalidad y de la venganza; en desafíos, en casas con dos puertas, en mudanzas de nombres y domicilios, entradas secretas, caminos subterráneos, etc. Los sucesos sorprendentes, las situaciones interesantes, que excitan la curiosidad, y hace surgir el poeta de estos motivos, eran ya proverbiales en vida del autor: llamábaseles Lances de Calderón, y no faltaban entonces personas, que criticasen la repetición constante de causas iguales para atraer la atención. Nuestro mismo poeta aprobaba estas observaciones, y hasta las formulaba chanceándose. En No hay burlas con el amor, dice uno, que ha de esconderse:

Es comedia de Don Pedro
Calderón, donde ha de haber,
Por fuerza, amante escondido,
Ó rebozada mujer.

En Bien vengas, mal, si vienes solo, dice también:

Que debe de ser comedia,
Sin duda, ésta de Don Pedro
Calderón, que hermano ó padre
Siempre vienen á mal tiempo.

Pero como el poeta aceptaba, en broma, aquello mismo que se le censuraba, y, no obstante, proseguía siempre haciendo lo que antes, hubo de provenir esto del conocimiento que tenía de su talento particular para desenvolver estos motivos dramáticos, y de su inventiva inagotable para dar forma é imprimir nuevo colorido á esos materiales uniformes; razón también para que nosotros, recordando la igualdad de los resortes de estas piezas, nos admiremos del arte infinito, con que el autor, del mismo fondo, y de iguales elementos, obtuviese tan extraordinaria variedad de resultados. En efecto, ningún otro poeta ha poseído, en tan supremo grado como Calderón, la facilidad de formar combinaciones, siempre nuevas, de argumentos tan sencillos como repetidos, é imprimirles nuevos giros y sacar situaciones interesantes; en acumular sorpresas sobre sorpresas, y en desenvolver la acción principal con otras paralelas, de tal suerte, que el espectador sigue, con una situación constante, los hilos, que se entrecruzan, de esa urdimbre, hasta llegar á su desenlace. La especialidad de nuestro poeta, en esta parte, ha sido confesada hace ya tiempo, y hasta Linguet, en la época en que no se aceptaban teóricamente las excelencias del drama español, aunque sí en la práctica, por las copias é imitaciones que se hacían de ellos, declara que Calderón, en este linaje de bellezas, es muy superior á todos los poetas conocidos. Si, pues, las comedias de esta clase (á las cuales denominamos comedias de capa y espada, por representarse todas en esta forma), se distinguen por sus propiedades, ya indicadas; por su gran variedad, á pesar de su semejanza; por su mérito poético; por su vida y animación, que atrae nuestro interés con extremo, ha de añadirse también la circunstancia, que aumenta, asimismo, el encanto que nos producen, de trazar fielmente las costumbres, la vida ordinaria y los caracteres especiales del Madrid de su época. Las aventuras novelescas, que, en esta ciudad de las serenatas, estaban á la orden del día; la extraña mezcla de civilización, casi refinada, y de ferocidad, casi propia de la Edad Media; las escenas galantes del Prado; las citas nocturnas y amorosas en las rejas; los sangrientos desafíos de los caballeros; el fogoso amor, así como la afición á las intrigas y las astucias, de los amantes; la alegría y la ligereza; la iniciativa de los caballeros en sus empresas, no espantándoles ningún peligro; la ternura y la abnegación de las damas, y también su espíritu vengativo y su facilidad en ofenderse por motivos livianos: todo esto, repetimos, se encuentra en esas comedias, con tanta verdad, que quizá no haya otro documento más fiel para estudiar y conocer las costumbres de los antiguos españoles. Pero indiquemos también algunos otros rasgos chocantes de estos cuadros extraños. La desconfianza y el rigorismo, en cuanto toca al honor, es tan grande, que, cuando es sorprendido un hombre en casa de una dama, aun cuando no haya la menor duda de no existir entre ellos relaciones criminales, obliga al padre ó al hermano á matarla, sin vacilaciones, como si fuese culpable. Tan fuerte es el deber del caballero de amparar á la mujer, que cualquiera dama puede solicitar del primero que se encuentre, que la proteja contra todos con peligro de su vida. Tales son los celos y las pretensiones de amor exclusivo, que, cuando un galán habla con su dama, en la ventana, no consiente que ninguno de los transeuntes pueda molestarlo en lo más mínimo, habiendo de morir, sin falta, el que lo haga; la obligación de recíproca ayuda entre los caballeros faculta al que ha dado muerte á alguno, si lo persigue la justicia, á pedir socorro al primero que se presente, debiendo éste acceder á su demanda, prescindiendo de todo deber y de toda otra consideración.

Todas estas particularidades han de tenerse en cuenta por el lector moderno, para entender bien las comedias de capa y espada de Calderón, y todas ellas han de suponerse y afirmarse para comprender bien estas composiciones, esto es, como las apreciaban los espectadores de aquella época. Menester es también que, como aquel público para quien se escribían esas piezas, consideremos como sucesos ordinarios á las muertes causadas por los celos, por la venganza ú otros motivos análogos, sin impresionarnos por ellas vivamente, ni creer que interrumpan en lo más mínimo la tranquilidad del espectáculo, porque muchas veces encontramos el deber de vengar la muerte de un pariente en lucha con otros deberes, la ocultación de alguno que ha matado á su adversario en desafío, ú otros sucesos de la misma índole, trágicos, según nuestras ideas, pero usados entonces como resortes de los enredos más cómicos; á menudo vemos también, en medio de escenas de la misma clase, que un padre ó un hermano sacan su espada y matan á la hija ó á la hermana, de quienes recelan, afligiéndonos y haciéndonos sospechar un desenlace triste, mientras que los españoles de entonces no se preocupaban mucho de estos hechos, ni se perturbaba en lo más mínimo por esos casos frecuentes la serenidad aneja al conjunto dramático. Finalmente, es necesario también, para darnos cuenta de esa explosión repentina de afectos y de sus mudanzas continuas é inesperadas al leer estas composiciones y al observar su repetición, que recordemos la movilidad y el fuego de los habitantes del Mediodía, y la exageración que las costumbres de la España de entonces daban á esos mismos afectos. La severa vigilancia á que estaban sometidas las mujeres, acrecía las dificultades de llegar hasta ellas; excitaba los celos y el disimulo cuando intervenía la presencia de un tercero, y extremaba todo esto la violencia del amor, é inflamaba con más fuerzas los deseos. Si las señoras de nuestro tiempo se quejan, pues, de la tibieza y hasta de la frialdad de los hombres, atribúyanlas principalmente á la libertad de que gozan, siendo, por tanto, el medio más seguro de inspirar á los enamorados ese ardor fogoso, volver ellas de nuevo á su antigua esclavitud.

Aun cuando no se pueda negar que las costumbres de la nobleza española, tales cuales las pinta Calderón, no brillan por esa pureza absoluta, que les han atribuído algunos críticos más entusiastas que amigos de la verdad, no es posible tampoco desconocer que la adornaban muchas prendas distinguidas y recomendables, en cuya virtud obtienen nuestras simpatías los caballeros y las señoras de Calderón por su fina galantería, por la ternura y variedad de sentimientos (causa de su tendencia al amor exclusivo, y que condena hasta la más leve anfibología en la conducta), la observancia rigorosa de los deberes de la amistad y de la gratitud, la adhesión y la fidelidad hasta la muerte al Soberano legítimo, la conmiseración con el enemigo vencido, y el sacrificio completo de la voluntad y del corazón al objeto ó la persona que ha elegido su amor.

Para que el lector asista de un modo inmediato á la vida de los españoles, tal como se representa en estas composiciones, y para demostrar, á la vez, lo fielmente que se retratan estas costumbres en las comedias de Calderón, copiándolas de la realidad, intercalamos ahora algunos párrafos del interesante viaje, olvidados por completo, de la condesa d'Aulnoy por España. Dice así, en dos cartas, fechadas en Madrid en 27 de junio y 25 de julio de 1679:

«Si yo quisiera contar todos los sucesos trágicos de que oigo hablar aquí un día y otro día, habías de creer que este país es teatro de las escenas más horribles del mundo. Da ocasión á ellas de ordinario el amor, el afán de satisfacerlo, y el castigo del mismo. Nada hay que los españoles no emprendan por este motivo, ni obstáculo alguno que pueda refrenar su valor ni contener su ternura. Los celos son su pasión dominante, menos según se juzga, por la parte que tenga en ellos el amor, que por espíritu de venganza y por el afán de mantener inmaculado el lustre de su nombre, ó porque no pueden sufrir que ningún otro les sea preferido, ó porque los desespera cuanto se asemeja á insulto ó degradación; pero, en fin, sea de esto lo que quiera, es lo más cierto que la nación española es en este punto bárbara y salvaje. Las mujeres están como divorciadas de los hombres, pero, á pesar de esto, saben muy bien escribir sus billetes, dando citas á los que aman: grande es el riesgo para ellas, para sus amantes y para los mensajeros; pero desafiando ese peligro, se dan trazas hábiles con su ingenio y con su dinero para esquivarlos, y burlarse del Argos más vigilante.

»Los hombres solteros, cuando llega la noche, acostumbran, después de pasear por el Prado y tomar una comida frugal, montar á caballo, llevando á las ancas á sus escuderos, y lo hacen así para no perderlos de vista, porque como cabalgan rápidamente por las calles en la obscuridad más completa, sería imposible que los siguiesen sus escuderos; también temen ser atacados por detrás, y el escudero sirve para parar los golpes y vigilar en defensa de su amo, aunque lo más general es que, en estos casos, tomen la huída estos defensores que no se suelen preciar de valientes. Estas cabalgatas nocturnas se celebran en honor de las damas, y los caballeros españoles por ningún precio del mundo dejan de consagrarse á esta ocupación por las noches; hablan con sus amadas por las ventanas, entran á veces en los jardines, y también, cuando pueden, en sus casas; se aventuran en ocasiones hasta la alcoba, en donde duerme el esposo de su adorada, y hasta se me ha dicho que así se ven años enteros, sin hablarse una palabra, por temor de ser descubiertos.