»Nunca, en Francia, han sabido amar tanto como los españoles aman, encontrando yo que á todos superan, y, prescindiendo de sus tiernos cuidados, de sus servicios constantes y de su abnegación hasta la muerte (porque ni el marido ni los parientes perdonan jamás), en la fidelidad y el secreto, que siempre se guarda. Nunca se oye que algún caballero se alabe de los favores, que le ha concedido su dama; hablan de ellas con tanta veneración y tanto respeto, como si fuesen sus reinas. También las damas, por su parte, ponen todo su empeño en no agradar más que á su amante: sólo en él piensan; y si no lo ven, encuentran medio de consagrar á su amor muchas horas, ya escribiéndoles, ya hablando de él con alguna amiga de confianza, ó pasando el día entero en la ventana sólo por acecharlo al pasar. En una palabra, si me atengo á lo que he oído, puedo asegurar que España es el país clásico del amor...................................

Mientras los señores hablan con sus amadas, los criados, con los caballos, esperan á cierta distancia de la casa....... Además de los medios indicados, de que se valen los enamorados para llegar hasta los objetos de su amor, hay también otros, porque las señoras se visitan con mucha frecuencia, y nada es más fácil para ellas que taparse con un velo, deslizarse por alguna puerta excusada, subir en una litera y encaminarse á donde se les antoja. Mucho les ayuda la particularidad de que todas ellas, por un pacto tácito, guardan inviolablemente los secretos, y cualquiera que sea el altercado ó la disputa que se promueva entre ellas, jamás abren sus labios para venderse unas á otras. Su discreción, en este punto, no merece incondicional alabanza; pero las consecuencias de su ligereza serían aquí más desastrosas que en ninguna otra parte, porque aquí también se mata sólo por sospecha. Las buenas españolas son muy astutas y saben hacer excelente uso de esta prenda, porque como todas las casas tienen puertas traseras, pueden salir á la calle cuando les parece; y como es frecuente que un hermano viva con su hermana, un hijo con su madre ó un sobrino con su tía, sirve esto de pretexto ú ocasión para verse. El amor es aquí naturalmente ingenioso, y apela á todos los recursos para satisfacerse, permaneciendo siempre fiel y constante. Hay intrigas de este género que duran toda la vida, aunque no se haya malgastado una sola hora en perder de vista su término; se aprovechan todos los instantes, y cuando los amantes se ven y quedan contentos, no hay que pedir otra cosa....... A veces sucede que una dama, envuelta en su velo para no ser conocida y con traje muy sencillo, se encamina á pie al lugar de la cita. La ve un caballero, la persigue, y se empeña en hablarla; pero incómoda con este acompañamiento, se dirige á cualquiera de los que pasan, y, sin darse á conocer, le dice: «Yo os ruego que os interpongáis para impedir que este majadero me siga.» Esta súplica es una orden para el galán español: habla con el que la molesta, le ruega que no la siga, le aconseja que la deje ir en paz, y, si no accede á su deseo, hay que sacar las espadas; de suerte que, por un encuentro de esta especie, se derrama sangre por una señora á quien no se conoce. Ésta, mientras tanto, se aleja de allí, y los dos caballeros pelean, encaminándose ella á donde la aguardan. Acontece en ocasiones, y esto no deja de ser original, que el mismo marido ó el hermano de la dama en cuestión, son quienes la protegen de las persecuciones del imprudente, y, por tanto, le ayudan, sin saberlo, á que corra á los brazos de su amante....... Sucede también que cualquiera encuentra á su amada en la calle, y no estando cerca su propia casa, entra sin más contemplaciones en otra ajena en donde á nadie conoce; pide al dueño que le ceda su habitación, porque acaso no se le presente otra coyuntura como aquélla para hablar con su dama, y, en efecto, el dueño lo complace, y deja en su casa solos al galán con su amada. En una palabra, se hacen las cosas más increíbles por lograr una entrevista de un cuarto de hora....... Madrid entero parece una gran jaula, porque todas las casas, desde el piso bajo hasta el más alto, están llenas de celosías, y no sólo las ventanas, sino también los balcones. Detrás de ellas se ven siempre á las pobres mujeres que miran á los transeuntes, y que, cuando se atreven, abren la celosía. No hay noche que no se den, en los distintos barrios de la ciudad, cuatrocientas ó quinientas serenatas. Verdad es que tienen su merecido premio, porque la dama más bella se vanagloría y se cree tan feliz como una reina cuando cualquier galán toca ante su ventana el laúd ó la guitarra, y entona una endecha con voz apasionada.»

Tal es, trazada con exactitud por el pincel de una testigo de vista, la vida, y tales son las relaciones sociales que aparecen en las comedias de capa y espada de Calderón. Pero para que se forme una idea más clara de la naturaleza de estos dramas, insertamos en seguida un extracto del argumento de la titulada.

Antes que todo es mi dama, una de las mejores de esta clase. Dos caballeros, Lisardo y Don Félix, antiguos é íntimos amigos, se encuentran impensadamente en Madrid después de una larga separación, y recuerdan los sucesos anteriores de su vida, comunicándose al mismo tiempo sus amoríos. Cuenta Don Félix que en Granada ha herido mortalmente á un caballero en desafío, y que, después, accediendo á las súplicas de sus parientes, y por huir de la justicia, se ha venido á Madrid; ya en la corte, ha visto una joven encantadora, que corresponde benévola á sus pretensiones amorosas, y cuya posesión ha de hacerlo feliz. Lisardo confía á su amigo otra historia amorosa de la misma índole, hallándose también enamorado de otra dama hace poco tiempo, y se separan luego ambos para acudir á sus obligaciones amorosas.

El lugar de la escena cambia representando la casa de Laura, la amada de Don Félix. Don Iñigo, padre de aquélla, recibe sorprendido una carta de Granada, por la cual le recomienda eficazmente á Don Félix un amigo de su juventud: sale, pues, inmediatamente para buscar á su recomendado; Laura recibe, por intermedio de un criado, y como regalo de su amante, una banda, suplicándole aquél que la lleve en recuerdo de su amor; pero teme llamar la atención de su padre si se la pone en seguida, por cuya razón la envía á su amiga Clara, para que se la devuelva luego ella, como si fuese verdaderamente quien le hiciera este obsequio. Pero Clara es la amada de Lisardo, y éste la ve adornada con la misma banda que observó antes en manos de Don Félix: al punto se despiertan sus celos, moteja de infiel á su dama y corre en busca de Don Félix para decirle que ambos están enamorados de una misma persona. La confusión que de aquí nace es penosa por extremo, proponiendo Don Félix, para desvanecerla, presentarse ambos á Clara: desaparece entonces la equivocación, porque Laura y Clara están juntas; cada uno de los amigos reconoce á su amada respectiva, y saben de sus labios la verdad de lo ocurrido con la banda; pero mientras se regocijan así con tan plausible desenlace, viene una criada y dice que el hermano de Clara ha llegado justamente de Granada, viéndose ambos obligados á ocultarse por consideración á las damas.

En el acto segundo, cuenta Lisardo al gracioso, su criado, la traza con que él y su amigo escaparon con felicidad de la situación comprometida de la noche anterior; pero mientras habla así, entra el padre de Laura y pregunta por Don Félix. Lisardo cree que este anciano se propone hablar á su amigo de la visita hecha á su hija, y para evitarle ese disgusto se hace pasar por Don Félix; Don Iñigo, sin embargo, le estrecha amistosamente las manos; dícele que el padre de Don Félix le ha escrito desde Granada recomendándole su hijo, y le ofrece sus servicios. Pero Lisardo no puede desdecirse, viéndose forzado á representar el mismo papel que ha elegido. Cuando el anciano se aleja, llega el verdadero Don Félix: Lisardo le refiere lo sucedido, y el objeto laudable que lo guiaba, pero su amigo apenas lo escucha por haber recibido un billete de Laura, dándole una cita secreta; igual invitación recibe también Lisardo de Clara, y uno y otro no piensan en otra cosa que en la dicha que les aguarda. En la escena inmediata aparecen Clara y su hermano Antonio, recién venido de Granada. Antonio ha visto á Laura, y ha concebido por ella una viva pasión, consiguiendo de su hermana que le dé un encargo para su amiga, y le proporcione ocasión de acercarse á ella y hablarla. Los espectadores asisten después á la entrevista nocturna entre Laura y Don Félix, interrumpida por la llegada de Don Antonio, portador del encargo de su hermana. Don Félix se esconde, accediendo á los ruegos de su amada, y averiguando desde su escondite que Don Antonio es el mismo caballero, herido por él en Granada; y aun cuando este descubrimiento lo soliviante naturalmente, al presenciar los extremos amorosos del visitante con su dama, le es ya imposible contenerse: preséntase con la espada desnuda, y, cuando ambos combaten, se anuncia la llegada de Don Iñigo. Don Félix se oculta de nuevo; Don Antonio excusa su presencia con el encargo de Clara, y se retira. Don Iñigo cuenta á su hija que conoce ya á Don Félix, que le ha agradado mucho, y que se propone ofrecerle su casa para vivir en ella. De repente se oye ruido en el aposento inmediato; el anciano quiere averiguar lo que es, y la angustia de Laura es mortal sabiendo que Don Félix está allí escondido: para evitar las consecuencias, declara á su padre que le ha dado en secreto palabra de casamiento. Aunque es grande la sorpresa de Don Iñigo al oirlo, no se encoleriza al cabo, puesto que no podrá desear otro yerno más simpático.

Busca en seguida al amante, sacándolo de su escondite; pero la sorpresa de Laura es extraordinaria, al encontrarse con Lisardo, porque Don Félix, con ayuda de una criada, ha podido huir por una puerta trasera, y Lisardo, que estaba de visita en casa de Clara, se ha refugiado en la de Don Iñigo, huyendo de la primera por la vuelta repentina de Don Antonio, y ocultándose en el mismo lugar, en que estuvo antes Don Félix. Laura se llena de confusiones, siendo mayor su extrañeza al notar que su padre llama Félix á Lisardo, y le ruega que inmediatamente se case con su hija. En este instante se oye ruido de espadas en la calle, y las voces de Don Antonio y Don Félix, que pelean, y á la vez los gritos de socorro de Clara, diciendo: «¡Que matan á mi hermano!» Lisardo duda, en el instante, á qué lado inclinarse, puesto que á un tiempo lo llaman su amigo y su amada; pero sale al fin corriendo, y exclama: «¡Antes que todo es mi dama!»

En el acto tercero, Lisardo y Don Félix han regresado á su domicilio; el desafío nocturno fué interrumpido por la llegada de algunas personas, deliberando ambos, entonces, cuál ha de ser su conducta en el estado en que se encuentran las cosas. Pero anuncian de improviso la llegada de Don Iñigo; Lisardo, el presunto Don Félix, se oculta, y el verdadero Don Félix recibe al anciano, pretextando la ausencia de su amigo. Extráñalo mucho Don Iñigo, y encarga á Don Félix que diga á su compañero, que espera inmediatamente su casamiento con su hija, y que, en caso contrario, ha de darle una satisfacción sangrienta. Don Félix promete hacerlo; vase el anciano, y acuerdan ambos amigos que Lisardo celebre una conferencia secreta con el padre de Laura, y que le descubra sin ambajes la verdad. Don Iñigo, receloso y resuelto á pelear, acude á una cita, que se le da en compañía de Don Antonio; Lisardo le cuenta que él no es Don Félix, y las circunstancias, que le obligaron á tomar su nombre; añade, que, estando de visita en casa de Clara, huyó de ella refugiándose en la de Don Iñigo; pero el anciano se encoleriza, y califica de agravio ese yerro; Antonio saca también su espada para vengar en Lisardo la visita secreta hecha á su hermana; Don Félix, que asiste escondido á esta escena, sale también para socorrer á su amigo, y el combate se hubiera llevado á efecto, á no sobrevenir mucha gente que obligara á los combatientes á retirarse. Don Félix se queda solo en el teatro, y viene un criado á anunciarle que Lisardo está peleando con los alguaciles; y, cuando Don Félix se propone salir volando á su socorro, aparece Doña Clara pidiéndole protección contra su hermano, que intenta matarla por su entrevista nocturna con Lisardo; vacila entre socorrer á su amigo ó á su dama, cuando se presenta Don Antonio, y se empeña en levantar el velo de Doña Clara; Don Félix no lo consiente, porque así se lo manda su deber de caballero, y relucen de nuevo las espadas; pero entonces oye, desde la casa de Don Iñigo, las voces de socorro de Laura, á quien su padre, furioso, amenaza con un puñal, y acude á ella corriendo, no sin decir antes lo que sigue:

Bien sé que mi obligación
Es valeros, bella Clara,
Porque de mí os amparásteis;
Bien sé que en esta demanda,
Mi obligación, Don Antonio,
Es no volveros la espalda;
Bien sé, Lisardo, que sois
Mi amigo, y que os hago falta;
Mas mi amigo, mi enemigo,
Y la dama que se ampara
De mí, todos me perdonen.
Que antes que todo es mi dama. (Vase.)

Entonces acude Lisardo corriendo y toma bajo su protección á la afligida Clara, declarando que él es su esposo. Poco después llegan Félix y Laura, y Don Iñigo persigue á ésta con la espada desenvainada, vociferando: