[82] J. Schulze: sobre El Príncipe constante.

[83] El infante D. Fernando de Portugal (nacido en 1402) murió en 1443, después de sufrimientos indecibles, cautivo entre los moros, en cuya situación había languidecido por espacio de unos seis años. Sus restos, llevados á Portugal por el rey Alfonso V, descansan en el convento de Batalha. Al lado del sepulcro hay un altar de Nuestra Señora, donación en vida de tan piadoso caballero, y sobre él el retrato del mismo Infante, pintado por un artista hábil, por orden de su hermano D. Enrique. En una carta de los frailes de Batalha á Fr. Francisco da Cruz, se dice lo siguiente: «Juxta memoratum sepulcrum parvum sacellum est, cum lignea tabella altari superimposita et in extremis deaurata ornatum: qua in tabella antiquo et eleganti penicillo descripta reperitur infantis vitæ series: illius statua marmorea super altaricollocata cernitur, sed quæ vivum exprimat amictum vilem, lugubrem faciem, barbam, impexos crines, manicas denique catenas et compedes eamque formam quam creditur habuisse mancipatus captivitati.»—(Junto al sepulcro mencionado hay una pequeña capilla, con una cornisa de madera sobre el altar, dorada en su extremo, en la cual, trazadas por pincel antiguo y elegante, se ostentan las diversas vicisitudes de la vida del Infante; hállase también una estatua de mármol sobre el altar, pero ofreciendo á lo vivo el traje andrajoso, el rostro lúgubre, la larga barba, el cabello despeinado, y las esposas, grillos y cadenas iguales á las que, según se cree, tuvo en su cautiverio.)—(T. del T.)

Debajo de la estatua se lee:

«Sanctus princeps Ferdinandus
Infans Lusitaniæ
Obiit Fessæ apud Mauros Obses
A.D.M.CCCCXLIII. V Junii.»

El santo príncipe D. Fernando, infante de Portugal, murió en Fez, cautivo entre los moros, el 5 de junio del año del Señor 1443.

Alrededor del cuadro del centro hay (ó hubo, por lo menos, hasta la ocupación de Portugal por los franceses), nueve cuadritos, representando los sucesos de la vida del Infante, con las inscripciones:

Compedibus et catenis constringitur.
Infimæ servituti Sanctus adjudicatur.
Regium equile mundare cogitur.
Opus facit in hortis regiis.
De lytro frustra agitur cum Mauro.
Cœlesti visu ad mortem confirmatur Sanctus.
Pie moritur Sanctus Infans.
Sanctum corpus exenteratur.
De muro urbis corpus suspenditur.

(Sujétanlo con grillos y cadenas.
El Santo es condenado á infame servidumbre.
Oblíganlo á limpiar las caballerizas reales.
Trabaja en los jardines reales.
Trátase en vano con el moro de su rescate.
Una visión celestial anuncia al Santo su muerte.
Muere piadosamente el santo Infante.
Arrancan al santo cuerpo las entrañas.
Cuelgan su cuerpo de las murallas de la ciudad.)
(T. del T.)

La bula expedida por el papa Paulo II en el año de 1470, estableciendo una fiesta conmemorativa del Infante, describe en pocas palabras los tristes sucesos de su vida, de esta manera: «Ferdinandus infans Portugaliæ... qui ad expugnationem infidelium in Africam transfretavit et pro liberatione. Christianorum in illis partibus tunc existentium ac inde aliter liberari non valentium in manibus eorundem infidelium sponte obsidem se tradidit; ac per ipsos infideles diris carceribus mancipatus et tormentis affectus, per plures annos existitit, ac in fide catholica viriliter persistens, ut athleta fortis post plurima supplicia ægritudines et labores in eorundem infidelium partibus et captivitate constitus, Christo redemptori suo animam reddidit.»—(Fernando, infante de Portugal... que pasó á Africa para combatir á los infieles, y librar á los cristianos existentes en esa región, y que no podían rescatarse de otro modo, se dió espontáneamente en rehenes á esos mismos infieles; y cautivo luego en su poder; y después de sufrir dura cárcel y tormentos, vivió algunos años, persistiendo firmemente en la fe católica, hasta que, como fuerte atleta, entregó su alma á Jesucristo, su Redentor, víctima de muchos suplicios, aflicciones y trabajos sufridos en su cautiverio, por obra de los infieles.)—(T. del T.)

Las virtudes del Infante habían excitado la admiración de sus enemigos, pero sin ablandar por eso sus rigores. Cuando Larache (Lazurac), rey de Fez, supo su muerte, exclamó lleno de dolor: «¡Este Príncipe había merecido conocer la ley de nuestro Santo Profeta!» Sufrió su cautiverio con tanta paciencia y resignación, que hasta los moros lo miraban con asombro.—La Clede, Histoire du Portugal. V. también á H. Schulze, Del Príncipe constante, de Calderón: Weimar, 1811.