[84] «¡Qué poesía! ¡No nos cansamos nunca de leerla y admirarla! Sólo en esta obra se eleva el poeta católico á una esfera tan alta, que el inglés no puede llegar á ella, á pesar de su genio prodigioso. No se describe en ella la suerte ó destino de un gran carácter que se realza en su lucha con la pasión y con el pecado, sino de lo más sublime que existe, de la consagración de un hombre puro, por lo más puro que hay, esto es, por la eterna bienaventuranza. Este objeto se ha alcanzado una vez sola, y ni antes ni después de Calderón, ni aun de lejos, se ha escrito nada que se aproxime siquiera á esta tragedia.»—K. Immerman.
Copiemos también las palabras siguientes de J. Schulze, refiriéndose á la representación, hecha en Weimar, de El Príncipe constante: «Esta tragedia, representada con rara perfección, parece haberse propuesto, como objeto principal, poner de relieve la idea cristiana, cuya ansia de perfección puede reducirse al silencio por un momento con la posesión de las virtudes más relevantes, sin quedar nunca satisfecha por completo, demostrándolo así el heroísmo y el martirio del infante D. Fernando, triunfo el más digno del cristiano contra todos los poderes de la tierra ... No ha sido dado á la musa alemana ofrecer al Eterno, en el sublime altar de la religión, un drama cristiano tan perfecto, nacido en el seno de la patria y rebosando gratitud y humildad, y de aquí que, contentos y agradecidos, como conviene al carácter benévolo del pueblo alemán, nos hayamos apropiado uno extranjero.»
[85] La leyenda de la sabia Eugenia, de su conversión, tentación y martirio, se encuentra en la relación de Simeón Metafraste, en Surii Probata Sanctorum, acta del 25 de diciembre. V. también la poesía de Alcino Abito, De Consolatoria castitati aude; Fabric, Bibliotheca graeca, tomo VI, pág. 524; Baronii, Annales ad annum 188, y Tillemont, Mem. eclesiast., tomo IV, pág. 12. Los milagros de Eleno, que Calderón ofrece en su comedia, se cuentan en Petrus, de Natalibus, catalogus sanctorum, lib. IV, cap. 59. Respecto á la idea, tan feliz como característica de nuestro poeta, de suponer que se introduce un demonio en el cuerpo de un muerto para hacer daño, ved á Dante, Infierno (XXXIII, V, 129 y siguientes). Así esta indicación, como la de las fuentes de muchas comedias de Calderón y de algunos datos y apuntaciones, provienen de la obra de Val. Schmidt, Uebersicht und Anordnung der Dramen des Calderón de la Barca, in Anzeigeblat der Wiener Jahrbücher: Jahrgang, 1882.
[86] La leyenda, que el poeta ha aprovechado aquí con tanto acierto, se funda en la confesión expiatoria de San Cipriano (In Cæcilii Cypriani Episcopi Carthaginiensis Opera: ed. Baluz., apénd., pág. 294, y en el Thesaurus novus Anecdotarum, de Martene y Durand, Lutet: París, 1717, tomo III, pág. 29: 1629). La fuente más inmediata de Calderón es probablemente la de Surius: De probatis Sanctorum Actis, tomo V, pág. 351 (Coloniae Agr., 1578). Vita et Martyrium F. Cypriani et Justinae, autore Simeone Metaphraste. Sobre Cipriano, ved también á Gregorii Naz. Opera, ed. Colon., 1690: folio, parte I, pág. 274, y Acta sanctorum sept., tomo VII, págs. 195 y siguientes: Antuerp., 1760; y acerca de la relación de este drama con la tradición de Fausto á Koberlstein, De la edad probable y de la significación del poema de la guerra de Wartburg: Naumburg, 1823, págs. 55-58, y á Rosenkranz, sobre la tragedia de Calderón El mágico prodigioso: Halle, 1829.
El Sr. D. Antonio Sánchez Moguel, en su Memoria acerca de «El mágico prodigioso,» de Calderón, y en especial sobre las relaciones de este drama con «El Fausto,» de Goëthe, obra que obtuvo el premio en el certamen abierto por la Real Academia de la Historia, al conmemorarse el segundo centenario de este insigne poeta el 24 de mayo de 1881 (Madrid, 1881), hace gala de una erudición poco común, que utiliza principalmente en investigar las fuentes, que sirvieron á nuestro primer dramaturgo en la composición de esta comedia. Puede consultarse con provecho, aunque, á decir verdad, hay ciertas obras de poetas eminentes, como El Fausto, de Goëthe, y El mágico prodigioso, de Calderón; el Enrique VIII, de Shakespeare, y La cisma de Ingalaterra, de nuestro gran poeta, cuyo fondo, siendo el mismo, no son, sin embargo, comparables, por cuanto cada uno de ellos maneja los mismos materiales con distintos propósitos, bajo diversos puntos de vista, y adaptándolos, por consiguiente, á planes y formas sujetas á las dotes poéticas individuales, y, sobre todo, á las ideas dominantes en las épocas y en las naciones, en que cada uno escribe, que no sólo hacen imposible toda comparación entre ellas, sino, lo que es peor, la hacen inútil. Además, aunque no es ocioso, ni mucho menos, averiguar cuáles son ó han sido los orígenes ó el fundamento de algunas de esas creaciones inmortales, es sabido también, que, en realidad, la cosa en sí no tiene toda la importancia que aparenta, porque los poetas, en general, y más los dramáticos, aprovechan para sus fines cualesquiera noticias y datos, y la cuestión no versa, en estos casos, sobre lo que ha sido con exactitud lo aprovechado, por ser esto muy difícil y muy dado á conjeturas, ya que el único medio de averiguarlo sería la declaración ó confesión del mismo poeta, y esto es imposible casi siempre, sino sobre el resultado ó efecto de su trabajo, esto es, sobre su obra ya completa y perfecta. Esto último debe ser el objeto del crítico, enseñando á las generaciones actuales y á las venideras los medios eficaces de que se han servido algunos poetas, para alcanzar la gloria inmarcesible que obtuvieron.—(N. del T.)
[87] «En El mágico prodigioso se propuso Calderón el objeto difícil de representar una conciencia pagana, y de fe vacilante por la filosofía, en todos los momentos principales de su transformación en conciencia cristiana; y esto, sin ofender en lo más mínimo á las creencias católicas, sin vanas reflexiones ni aun movimientos puramente externos, respirando todo animación y vida. La maldad, existente en sí y para sí, la ha personificado Calderón en el demonio con singular maestría, principalmente con el objeto de que, bajo esta forma, se revele poco á poco á San Cipriano.»—K. Rosenkranz.
[88] Las leyendas más completas de El purgatorio de San Patricio, se encuentran reunidas en Th. Wright, St. Patricks Purgatory, an essay on the legends of Hell and Paradise current during the Middle ages.: London, 1844.—V. también Les vies de Saints: París, 1739, tomo III, página 216.—Los Acta Sanctorum (Mart., tomo II, página 588).—El poema en francés antiguo Le purgatoire de Saint Patrice, en Les poesies de Marie de France, publiées par Rochefort, tomo II, pág. 411, y la novela italiana Guerrino Meschino, cap. 162.—V. Dunlop, History of fiction, v. III, pág. 38.—En España esta tradición se había hecho ya popular por los dos escritos titulados La cueva de San Patricio, León, 1506, y la Vida y purgatorio de San Patricio, Madrid, 1626-27, de Montalbán.
Bald mit Blitz bewehrt, durchleuctet
Als ein Aar die Luft der Glaube
Und bald ruht er, eine Taube
Die am Bach die Flügel feuchtet.
Platen.
(Ya, armado del rayo, hiende, como el águila, el cielo de la fe; ya, como la paloma, descansa y humedece en un arroyuelo sus alas.)