Entre los escritos de Francisco de la Torre, se distingue, por su singular carácter fantástico, la comedia titulada La confesión con el demonio. La protagonista es una infanticida, que ha cometido este horrible delito por instigación del demonio, y es arrastrada después por él en el abismo.

La afición general, ó más bien dicho epidémica, de esta época, de escribir para el teatro, impulsó á algunos hombres de talento, famosos en otros géneros literarios, á ensayarse también en éste. Así, D. Juan de Jáuregui, (muerto en 1650), justamente estimado como pintor, poeta lírico y traductor de El Aminta, escribió muchas comedias, que no recibieron ningún aplauso, y que, según parece, jamás se imprimieron; cuando una de ellas se representaba, ó más bien se silbaba en Madrid, uno de los espectadores exclamó: «Si Jáurregui quiere que gusten sus comedias, es preciso que las pinte.» Lo mismo hizo también el aristocrático poeta y príncipe Francisco de Borja y Esquilache, virrey del Perú y caballero del Toisón de oro (muerto en 1658), que escribió un drama para solemnizar una gran fiesta de la corte; así también el portugués Francisco Manuel Mello (nacido en Lisboa en 1611, y muerto en la misma ciudad en 1666), autor muy fecundo, que escribió muchos tratados filosóficos, históricos y morales, y compuso varias comedias españolas, imitándolo también Luis de Ulloa, poeta muy famoso de la corte de Felipe IV, que se presentó también en la palestra dramática, en la cual todos los hombres de talento de aquella época se creyeron obligados á hacer sus pruebas.

Entre los dramáticos del tiempo de Carlos II, ha de incluirse también á D. Fernando de Valenzuela, ese sagaz aventurero tan favorecido por la Reina madre, Doña María Ana de Austria. La condesa d'Aulnoy, en la traducción antigua alemana de su obra[48], dice de él lo siguiente: «Este favorito compuso en su honor diversas comedias, que se representaron, acudiendo todos á verlas con empeño; y, á la verdad, ningún medio como éste para granjearse las simpatías de los españoles, aficionados más que ningún otro pueblo á este espectáculo, y dispuestos á gastarse su dinero en pagar un buen asiento á costa del hambre de su pobre mujer y de sus hijos.»

También tenemos que hablar aquí de poetisas dramáticas, especialmente de la andaluza Ana Caro, y de la mejicana Juana Inés de la Cruz, llamadas ambas por sus admiradores las décimas musas. Consérvase de la primera una dramatización del romance caballeresco del conde Partinuplés, revelando una imaginación poco común. La segunda, monja de un convento de Méjico, escribió una serie de loas alegóricas, y un auto sacramental, titulado El divino Narciso[49]. Convenimos con Bouterwek, que lo menciona, en que es bello y novelesco; pero no estamos de acuerdo con su aserto de que aventaja á las obras de la misma clase de Lope de Vega, ni de que esa atrevida personificación de ideas católicas religiosas en mitos griegos no había sido conocida en España, porque bajo este aspecto no supera en nada á otras innumerables obras de la misma índole. Los nombres de los poetas dramáticos restantes, de la época de Felipe IV y Carlos II, más conocidos, son los siguientes:

Sebastián de Villaviciosa.

Francisco de Avellaneda.

Fernando de Avila.

Carlos de Arellano.

Juan de Ayala.

Manuel Freire de Andrade.