Á la conclusión hay una batalla entre un tabernero, una castañera, un granuja callejero y otros héroes de igual jaez, que componen sus personajes. Después que han sucumbido la mayor parte en la contienda, termina la tragedia de esta manera:

TÍO MATUTE.
Aguárdate, mujer, y no te mueras...
Ya murió: yo también quiero morirme,
Por no hacer duelo ni pagar exequias. (Cae.)
REMILGADA.
¡Ay, padre mío!
MEDIO DIENTE.
Escúchame.
REMILGADA.
No puedo,
Que me voy á morir á toda priesa. (Cae.)
POTAJERA.
Y yo también, pues se murió Manolo;
A llamar al dotor me voy derecha,
Y á meterme en la cama bien mullida,
Que me quiero morir con convenencia.
SEBASTIÁN.
¿Nosotros nos morimos, ó qué hacemos?
MEDIO DIENTE.
¿Amigo, es tragedia ó no es tragedia?
Es preciso morir, y sólo deben
Perdonarle la vida los poetas
Al que tenga la cara más adusta
Para decir la última sentencia.
SEBASTIÁN.
Pues dila tú, y haz cuenta que yo he muerto
De risa.
MEDIO DIENTE.
Voy allá. ¿De qué aprovechan
Todos vuestros afanes, jornaleros,
Y pasar las semanas con miseria,
Si dempués los domingos ó los lunes
Disipáis el jornal en la taberna?

Los sainetes de D. Ramón de la Cruz, en que intervienen personajes de las clases medias y de las más elevadas, se distinguen también por su colorido natural y por su viveza y animación extraordinaria, mereciendo asimismo nuestra atención como fuentes verdaderas para iniciarnos sin engaño en las costumbres de la época. Demuestran la completa revolución, que ha sufrido España en el espacio de medio siglo en sus ideas y en sus hábitos, ofreciéndonos escenas numerosas, opuestas en todo á la manera de pensar, y á los principios que informaban el período anterior.

Los amoríos de un señor principal y una manola ó una modista madrileña; el espíritu insinuante del cura, que, ya como amigo de la casa, ya como maestro de música ó bajo otra cualquiera máscara, penetra en el seno de la familia y se establece en su compañía; la libertad de las mujeres, y, por último, del Cortejo ó Cavalière servente, indispensable á toda señora joven, demuestra que nos hallamos en un mundo enteramente nuevo, en que no queda vestigio alguno de la antigua gravedad de la nobleza, de sus ideas sobre el amor, y de los antiguos celos.

Luzán y todos aquéllos, que daban crédito á sus máximas como á artículos de fe en punto á crítica, predominaron en general largo tiempo, comprendiéndose así que pasaran casi desapercibidos dos escritos sobre dramaturgia de tendencias contrarias. D. Vicente García de la Huerta, inspirándose en el más sincero patriotismo, y hombre de autoridad como individuo de la Academia Española y Bibliotecario Real (nació en 1742), comenzó el primero á defender á los antiguos dramáticos de las censuras y desprecios de los galicistas.

Antes que La Huerta comenzase á escribir en este sentido, había compuesto algunos dramas, en los cuales, con leves modificaciones, se nota el corte francés y su inflexible regularidad. Raquel (1771), entre ellas, fué recibida con general aplauso. Hoy es unánime la opinión de los que califican y aquilatan esta tragedia; la acción es imitada ostensiblemente de Diamante, dominando las tres unidades á costa de lo verosímil y hasta de lo posible; por lo que hace á su desempeño, no se encuentra en ella nada que anuncie la verdadera poesía, y en su lugar mucho patético vano y mucha retórica falsa. El Agamenón vengado se prestaba aún menos que la Raquel á restaurar el brillo del drama castellano. Pero si La Huerta tenía pocas facultades para autor dramático, era aún más limitada su vocación de crítico. El honroso sentimiento patriótico, que le impulsó á publicar algunas obras dramáticas antiguas españolas escogidas[70], merece indudablemente consideración y gratitud; pero los prólogos de su Teatro español, en los cuales se propone atacar el gusto francés, demuestran que no era el hombre á propósito para defender con éxito su poesía nacional contra los extranjeros. En estos prólogos se repiten hasta el exceso frases contra los galicistas, criticastros mordaces y envidiosos; contra Racine, frío, fastidioso y concienzudo pedante, y, en general, contra las tragedias y comedias francesas, dignas en todos conceptos del mayor desprecio, pero sin aducir nada positivo en defensa de la poesía romántica, y sin manifestar el más leve vestigio de poseer los conocimientos estéticos que constituyen su esencia. Por otra parte, á pesar de sus frases poco mesuradas contra el partido antinacional, fué tan tímido en su empresa, que sólo se atrevió á incluir en su colección las antiguas composiciones españolas, que quebrantaban menos las reglas mecánicas de las francesas, en particular comedias de enredo ó comedias de figurón; pero ni uno solo de los dramas históricos y religiosos más bellos de Lope, de Calderón, de Tirso ó de Moreto.

El éxito de los esfuerzos de La Huerta hubo, pues, de ser muy escaso bajo el imperio de las circunstancias indicadas: su táctica estaba mal calculada; no dió en el blanco á que se dirigía, y no creemos, por tanto, exagerar demasiado, si decimos que su obra no ha tenido ninguna influencia en la suerte futura reservada al teatro español. Casi todos los periódicos, que en esa época disfrutaban de más influjo y de más crédito, El Pensador (del famoso Clavijo), El Censor, El Memorial literario y La Espigadera, defienden las mismas ideas enseñadas por Luzán, afirmándose más y más la preocupación de los literatos y personas instruídas en favor de la regularidad clásica.

El teatro, mientras tanto, servía para representar los géneros dramáticos más diversos y de formas más heterogéneas, antiguas como nuevas y buenas como malas. Una noche, por ejemplo, se ponían en la escena en movimiento los muñecos de palo de Racine y de Corneille, oyéndose en monótonos yámbicos españoles lo que los franceses califican de dignidad indispensable del estilo trágico, esto es, frases ridículas de polichinelas, como la siguiente:

Mourons, mon cher Osmin, moy comme un visir, et toi
Comme le favorí d'un homme tel que moy.
(Racine, Bajacete.)

La noche inmediata se ponía en escena un drama de Lope ó de Calderón; á la otra seguía una ópera de Metastasio, una comedia de Molière, Regnard ó Goldoni, y á los cuatro días se solazaba el público con un drama de espectáculo de Valladares ó de Comella. Pero la variedad, que reinaba en las tablas, subió mucho más de punto: ya en 1770 había escrito D. Gaspar Melchor de Jovellanos, hombre por lo demás muy ilustrado, y digno de la mayor estimación de sus compatricios, un drama cuyos personajes pertenecían á la clase media, lleno de desdichas domésticas y con tendencia didáctica, que se titulaba El delincuente honrado; de esta composición se puede decir lo que declaraba un español al criticarla: que abundaba en sanas ideas de moral y de legislación, y que atacaba preocupaciones lamentables, pero evidentemente sin tener nada de común con la poesía. Hacia fines del siglo XVIII atravesaron también los Pirineos algunos dramas muy notables y llenos de afectado sentimentalismo de la escuela de Diderot, sirviendo Francia de canal, por donde pasaron poco á poco hacia España melodramas y comedias inglesas y alemanas de la peor especie (por ejemplo, de Lille y Kotzebue); y de esta manera, el estilo propio y nacional del teatro español desapareció por completo en esa mescolanza de extraña y variada forma. El siglo XVIII dejó en herencia al siguiente este repertorio multicoloro. Muchos zurcidores de comedias, ya mencionados, especialmente Gaspar de Zavala y Zamora (muerto en 1806) y Vicente Rodríguez de Arellano, prosiguieron escribiendo comedias deslabazadas, tan bajas en los peldaños de la degeneración respecto á las de Lope de Vega, como altas están éstas respecto á las escritas por los primeros dramáticos; los galicistas ordinarios publicaron malas traducciones é imitaciones de obras francesas, manipuladas en su fábrica, más tosca todavía, según se expresa Martínez de la Rosa, llenando á España de productos extranjeros sin valor alguno, verdadero contrabando del arte, y acabando de corromper el gusto por completo; pero entre todos estos frutos, en parte de la aplicación de los eruditos, en parte de arregladores ignorantes, muchas comedias antiguas se mantenían en la escena, asombradas, sin duda, de encontrarse en semejante compañía.