Deplorable es que el desventurado D. Mariano José de Larra, con su muerte prematura y voluntaria, frustrara las grandes esperanzas, que había hecho concebir su talento extraordinario. En su Macías el enamorado hay estro y verdadera poesía.
En las numerosas obras dramáticas de Don Antonio García Gutiérrez representadas hasta ahora, se observa, á nuestro parecer, más habilidad y destreza técnicas, sobre todo en la versificación, que prendas genuinamente poéticas: en El Trovador, por ejemplo, primer drama que hizo famoso á su autor, y superior á todos sus trabajos posteriores de la misma índole, los sucesos que componen su fábula, románticos y bien imaginados en parte, se presentan de una manera suelta, sin tener entre sí el enlace debido; fáltales poesía íntima, que junte lo aislado, y forme de todo ello un conjunto harmonioso.
D. Patricio de la Escosura comenzó brillantemente su carrera con el drama La corte del Buen Retiro, cuadro lleno de vida y trazado por pincel artístico de la corte de Felipe IV: los personajes más notables é interesantes de esta corte, el duque de Olivares, Velázquez, Calderón, etc., están hábilmente agrupados en él en torno del conde de Villamediana, cuya temeridad en amoríos y muerte final constituye el núcleo principal de su trama. No conozco las últimas producciones de este poeta que tanto promete, como La aurora de Colón, Higamota, etc.
Una comedia muy popular en España, y con justicia, es La segunda dama duende, de D. Ventura de la Vega, escritor consagrado principalmente al arreglo y traducción de obras francesas. La comedia de enredo, á que nos referimos antes, ingeniosa y delicada, fué utilizada por Scribe en el texto de su ópera Le domino noir.
Como lírico, como dramático y narrador, goza ahora D. José Zorrilla de tal crédito, que amenaza obscurecer el de la mayor parte de sus contemporáneos. Este poeta, dotado de tan rica fantasía, y dominando su idioma como lo hace, podría distinguirse sobremanera si supiera concentrar sus fuerzas y dar más precio á la calidad que al número de sus poesías; pero lo seduce su singular facilidad para escribir, trata á la ligera los asuntos en que se ocupa, y en sus dramas se nota demasiado su tendencia constante á la improvisación. Es cierto que contienen muchos rasgos brillantes, y que su versificación, por su riqueza y por sus galas, rivaliza con la de Calderón y la de Lope; pero no los trabaja y lima como debiera, ni los ofrece, permítaseme la expresión, como fruto sazonado, y hasta tal punto, que este autor no ha logrado todavía, al parecer, formarse un sistema y carácter propios.
En alguna de sus obras, como, por ejemplo, en Ganar perdiendo y Cada cual con su razón, imita tan bien al teatro antiguo, que nos hace la ilusión de que leemos una comedia de enredo del siglo XVII, al paso que en otras, como en Los dos virreyes y en El eco del torrente, tiende á producir los efectos teatrales de los franceses modernos. Aunque Zorrilla, á nuestro juicio, no ha hecho hasta ahora todos los esfuerzos necesarios para demostrar su talento, no puede negarse, sin embargo, que este poeta, á la fecha en que escribimos estas líneas, es una esperanza lisonjera para lo porvenir, teniendo en cuenta sus dotes poéticas poco comunes. De su mérito, como del de otros autores jóvenes, en no escaso número, de su tiempo, como D. José de Castro y Orozco, D. Eugenio de Tapia, D. Carlos Doncel, D. Tomás Rodríguez Rubí, D. José García de Villalta, D. Mariano Roca de Togores, D. Miguel Agustín Príncipe, D. Isidoro Gil, D. Ramón Navarrete y otros muchos, la posteridad más ilustrada é imparcial pronunciará su fallo definitivo, limitándonos nosotros ahora á mencionarlos, para que, juntamente con lo antes expuesto, se forme una idea aproximada de los muchos y valiosos poetas jóvenes que se consagran en España á la musa dramática.
Hecho es también curioso y grato, y digno á la par de nuestra atención, el valor que se atribuye de nuevo al antiguo teatro nacional. La Colección general de comedias escogidas, que se comenzó á publicar en Madrid en 1826, y que después ha dado á la estampa un número considerable de comedias de Lope de Vega, Alarcón, Tirso de Molina, Rojas, Moreto, Guevara, Montalbán, Matos Fragoso, Mira de Mescua, Leyva, Cubillo de Aragón, Solís, Cañizares y Zamora; el Teatro antiguo español (Madrid, 1837: ocho entregas), y la nueva edición de Tirso de Molina (Madrid, 1839: doce tomos), han divulgado de nuevo muchas obras, ya raras, de los antiguos maestros. A los dramas de esa época, que se habían conservado tradicionalmente en los repertorios de los teatros, se han añadido otros muchos que habían desaparecido de ellos, y algunas de las comedias inimitables, de Tirso de Molina especialmente, se han puesto otra vez en escena con extraordinario éxito. Deplorable es, no obstante, que se hagan con frecuencia en estas comedias mutilaciones voluntarias, que se transformen las tres jornadas en cinco actos, se supriman los papeles de gracioso, etc., y no porque esas alteraciones ó reducciones no sean á veces convenientes, sino porque debieran hacerse sólo por hombres hábiles y entendidos, no por aquéllos que desfiguran por completo las magníficas composiciones dramáticas de épocas anteriores, como ha sucedido con el arreglo de El escondido y la tapada, de Calderón, que se representa en Madrid cuando escribimos estas líneas.
Dedúcese sobradamente de lo dicho que una vida más lozana y vigorosa anima hoy á la escena española. ¡Plegue á Dios que este impulso no sea pasajero, sino que ese antiguo teatro, tan lleno de gloria, se regenere con arreglo al espíritu y á las exigencias modernas!