El primer restaurador de la literatura española, después del renacimiento de las ciencias i artes en Europa, fué el primer sabio que padeció bajo el poder de la Inquisicion. En los comentarios de la dedicatoria que en el año de 1495 puso Antonio de Lebrija en su Gramática latina dirigida á la Reina Católica doña Isabel, declaró como era su ánimo en acabando de escribir, lo que tenia imaginado sobre las antigüedades de España, dedicar lo restante de su vida al estudio de las sagradas letras.
Cuándo dió comienzo Lebrija á este tan útil trabajo, es inaveriguable; sin embargo por conjeturas mas ó menos verosímiles, se infiere que hubo de ser por los años de 1497 ó por los de 1498 á más tardar. No solo leia las divinas Escrituras sino que con la mayor diligencia escudriñaba todas sus cláusulas i aun todas sus palabras, cotejando con los originales hebreo i griego la Vulgata latina impresa en su tiempo, i con varios MSS. de ella; i consultando además algunos Padres de la Iglesia i comentadores antiguos de la Biblia; i cuando de su trabajo resultaba hallar una errata de mano del escribiente ó falla de exactitud en la traduccion latina, proponia el modo i forma con que deberia ser leido aquel pasaje. Fuera de esto, cuando veia alguna voz de recóndita significacion, solia registrar los diccionarios é intérpretes de la Escritura, para saber que esposicion le daban; i si conocia que no habian penetrado su valor i sentido, cuidaba de manifestarlo con graves razones i autoridades.
Luego que se divulgó la noticia de esta tan provechosa tarea, alborotáronse los fanáticos, é irritáronse muchos doctores preciados de su sabiduría: los cuales imaginaban que la Vulgata no admitia correccion i que por una especie de milagro se habia conservado i conservaba en su integridad primitiva, i así se llenaron de escándalo i horror al escuchar que habia persona que daba por asentado hallarse en el testo latino corriente algunos lugares que pedian enmienda.
Con esto se escoció su amor propio hasta el punto de no poder llevar con paciencia que un puro maestro de latinidad (como ellos llamaban á Lebrija) título de ningun precio ni autoridad, se hubiese determinado á poner las manos en los sagrados libros; porque aun admitida (decian) la necesidad que no hay de castigar algun pasaje de la Vulgata, esto seria un negocio privativo de los maestros en Teología, i no de cualesquiera maestros de esta divina ciencia, sino de aquellos que recibieran autoridad i consentimiento de un Sumo Pontífice, ó de un general Concilio.
Furiosa esta turba de presuntuosos teólogos, como si se hubiera maquinado echar por tierra i arrancar hasta sus fundamentos, el alcázar de la Fe Católica, discurria por todas partes bramando de coraje contra el laborioso Antonio de Lebrija i llamándole temerario i sacrílego. Tanto hablaron contra este sabio varon, que llegaron las nuevas de tal hecho á los oidos de don frai Diego de Deza, obispo á la sazón de Palencia, uno de los mayores monstruos de crueldad que para deshonra de España i oprobio del género humano fuéron inquisidores generales hombre, i en fin que aborrecia tan de muerte los testos hebreo i griego de la sagrada Escritura, que tenia propósito de no dejar en la Península el menor vestigio de ellos; i así con la misma bestialidad con que cuando denunciaban á alguno por judaizante solia decir: «Dámele judío, i dártele-he quemado[75]», no cesaba de perseguir las Biblias hebrea i griega andando en busca de ellas por los mas escondidos rincones siempre con las teas encendidas en las manos para reducir sus ejemplares á cenizas[76].
Irritado Deza con el loable trabajo de Lebrija pareció ante los Reyes Católicos i les pidió una órden para proceder contra este esclarecido varon, no atreviéndose á perseguirlo desde luego, porque sabia el mucho amor que la reina tenia á sus estudios i letras.
Con esto Deza arrebató á Lebrija todos los MSS. que contenian observaciones sobre la sagrada Escritura i dió con ellos en el fuego, dejando defraudada á la posteridad del fruto que hubiera podido conseguir de aquellos trabajos bíblicos.
Afligido Lebrija con esta accion del inquisidor Deza i temeroso de caer en desgracia de los Reyes Católicos, dirigió al arzobispo de Toledo don frai Francisco Ximenez de Cisneros una breve i elocuentisima Apología contra las acusaciones de sus enemigos, en la cual sin acertar á contenerse prorrumpió en estas voces de dolor é indignacion: «¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Qué tiránica dominacion es esta que tanto oprime los ingenios? ¿No basta, no, que yo cautive mi entendimiento en obsequio de la fe, sino que en materias en que se puede hablar sin ofensa de la piedad cristiana no me es permitido publicar lo que estoi viendo por mis mismos ojos mas claro que la luz de mediodia? ¿Qué digo yo publicar; pero ni aun pensarlo, cuanto mas escribirlo á puerta cerrada i por mí solo? ¡Terrible cosa es quererme obligar á que yo mismo crea que ignoro lo que me consta con la mayor evidencia i por razones demostrativas, no por conjeturas ó argumentos probables! ¡No puede llegar á mas la esclavitud![77]»
No acabaron con la muerte de los perseguidores de Lebrija las falsas máximas sobre la exactititud é incorrupcion de la Vulgata, sino que para mal i daño de los estudios de Teología i de algunos maestros en esta facultad se fueron sucediendo en ellas como en un patrimonio perpetuo de familia unos teólogos á otros: de donde nació que estas opiniones adquiriesen gran número de secuaces despues que por el Concilio Tridentino fué declarada auténtica la Vulgata.
Es verdad que los padres de Trento pronunciaron acerca del uso i autoridad de los testos hebreo i griego, que su mente i voluntad fué solo decretar que en atencion al respeto con que desde los primeros siglos de la Iglesia estaba recibida la Vulgata, i á que en ella no habia cosa opuesta á los dogmas de la religion ni á las buenas costumbres, de allí en lo sucesivo los espositores de la sagrada Escritura en sus comentarios, glosas ó escolios, los maestros en sus lecciones i disputas, i los predicadores en sus pláticas ó sermones, se sirviesen de la Vulgata, con absoluta esclusion de las otras versiones latinas. Tambien es verdad que algunos doctores que se hallaron presentes en el Concilio al tiempo de formarse el decreto, i señaladamente el jesuita Alonso Salmeron i el franciscano Andrés de Vega[78], no retardaron el asegurar en libros impresos que el propósito de los padres conciliares habia sido el mismo que va aquí declarado. ¿Pero todo esto de qué sirvió? Tan graves i públicos testimonios fueron ó ignorados ó desatendidos.