Antes que Lison de Biedma pidiese en las Córtes al rei Felipe IV la veda de las mercaderías estrañas, el doctor Sancho de Moncada habia querido demostrar en su Restauracion política de los pueblos de España, que su remedio estribaba tan solo en que los españoles fuesen los únicos que se ejercitasen en las artes i oficios: en que no se sacasen de estos reinos materiales para con ellos fabricar mercaderías; i en que se prohibiese la introduccion de aquellas que hubiesen sido labradas por los estranjeros.

Tambien en iguales razones habla sobre el mismo asunto el licenciado Pedro Fernandez Navarrete en sus Discursos Políticos[82].

Gerónimo de Ceballos en su Arte real para el buen gobierno de los reyes i príncipes[83] decia: «No puede haber abundancia ni riquezas si faltan los vasallos i los materiales en que se han de ocupar: lo cual se remediaria, si se mandase que de fuera de estos reinos no entrase paño, ni sedas fabricadas, ó por lo menos que sean de peso i lei, guardando en su labor las ordenanzas de España; porque no es justo que los naturales de estos reinos tengan lei i ordenanza, i denunciador i castigo contra sí, i los estranjeros vivan con libertad, metiendo sus mercaderías falsas i sacándonos con ellas el dinero; que, si sacaran otras mercaderias en su lugar fabricadas en España se podria tolerar

De esta suerte hablaba Ceballos contra el comercio que ejercian únicamente los estranjeros en España. Frai Gerónimo Bolívar, Francisco Martinez de la Mata, Cristóbal Perez de Herrer, Luis de Castilla, Damian de Olivares, Miguel Caja de Leruela i otros escribieron tambien en iguales ó semejantes términos en la materia.

Pero aunque los fundamentos en que sustentaban su opinion estos economistas sonarian bien en los oidos de personas que estaban reducidas á pobreza, i deseosas por tanto de conseguir la mudanza de su estado i de conocer los medios suficientes para ello, no fueron tenidos entonces por ajustados á la razon, ni por obras de la verdad, sino nacidos de un amor á la patria encaminado por la torcida senda de los errores.

Diganlo si nó aquellos economistas que se oponian á las restricciones de la libertad de comercio cuando eran únicamente por el tiempo en que duraban las guerras; i eso no con todas las naciones, sino con sola aquella en cuya ofensa se ejercitaban las armas españolas. Díganlo tambien los tratados de paces en que se concertaba que fuese libre el comercio entre los vasallos de uno i otro reino.

La mayor parte de los economistas veian el remedio de España en la cesacion de la libertad de traficar con los estranjeros. Estos eran los únicos ó los mas principales que comerciaban en aquella edad por estos reinos: ellos los que ponian grandisimos precios á las mercaderías que hacian venir de otras naciones; pues como los españoles ignoraban el valor que ellas tenian al sacarse de las fábricas pagaban todo cuanto les pedian.

España estaba entregada enteramente á la codicia de los estranjeros, i ellos en las mercaderías eran quienes ponian á su albedrío la lei. Las pocas fábricas que habia en España se hallaban oprimidas con el peso de muchos i mui grandes tributos: de donde se viene á inferir que estos eran la causa de que las telas fabricadas en estos reinos no pudiesen competir en lo pequeño del precio con las que se introducian de los estraños. De aquí nació que los compradores buscasen las mercaderías que juntaban á su escelencia lo menos costoso de sus precios: i de aquí nació, en fin, que las fábricas españolas ni rindiesen ganancia de ningún género á sus dueños, ni les aumentasen sus haciendas: antes se las consumiesen vanamente i sin provecho.

Tales fueron los frutos que cogió España de la espulsion de los judíos, i venida i asiento de los comerciantes estranjeros en la Península. ¿De qué nos servian las riquezas del Nuevo Mundo, si mientras por una parte las conquistábamos, por otra no haciamos mas que servirles de puente para pasar á los reinos estraños? Un siglo despues de establecidas en España las casas de comercio genovesas, no habia ojos bastantes á llorar los máles venidos por el mal gobierno i la inadvertencia de nuestros reyes, ni manos con que reparar la ruina de la Península. ¿Qué aprovechaba á España la grandeza esterior de ser señora de tanto mundo, si para sustentarla estaba ella pobrisima i miserable, i todos sus naturales abatidos? Las guerras en Italia comenzadas por el Rei Católico ¿cuántos desastres no trajeron sobre estos reinos tan infelices? ¿Pero qué se podia esperar de un monarca que no miraba jamás por el bien de sus vasallos, sino solo por el aumento de su poder i grandeza? Los españoles orgullosos con las victorias alcanzadas en todo el siglo XVI no advirtieron los males que comenzaban á fatigar estos reinos, ni quién era el único causador. Ya en el XVII habian arreciado de tal manera que fué preciso buscar el remedio, si no se queria ver hundida para siempre en la mayor miseria la península hispánica. Pero ya todo era en vano. Las letras i el comercio estaban por el suelo, i las armas sin vigor i entereza para resistir todas las calamidades que habian comenzado á llover sobre ellas. I así cuantas tierras i señoríos en cuya vana conservacion se habia gastado tanta sangre, tantas vidas i tantas sumas de oro i plata, bastantes á hacer á una nacion la mas rica i poderosa, se perdieron miserablemente[84].

Otro de los males ocasionados á España por la política de Fernando V, fué la guerra con los moriscos, los cuales continuamente se rebelaban no pudiendo tolerar por mas tiempo la opresion i vileza en que vivian. Este rei para apoderarse de Granada concedió á los moros los capítulos que ellos pidieron para verificar la entrega. Los principales fueron: