I no solamente frecuentaron los judíos españoles la medicina con tanto provecho de los mortales, sino tambien trabajaron en el estudio de la historia. Uno de ellos fué Pedro Teixeira, el cual publicó una obra con este título: Pedro Teixeira: De el orígen, descendencia y sucesión de los reyes de Persia, y Harmuz, y de un viaje hecho por el mismo autor dende la India oriental hasta Italia por tierra. (Amberes, 1610.)[91]
Las noticias mejores de la historia de Persia se encuentran en esta obra: la cual está fundada en MSS. persas, i especialmente en las narraciones del cronista Tarik Mirkond.
Teixeira fué quizás el único autor que puso los nombres estranjeros en la lengua castellana, tales como se escribian i pronunciaban: cosa que todos los historiadores españoles jamás hicieron. De esta suerte funda su modo de pensar en esta materia. «Los nombres propios ahora sean de hombres ó de lugares, ahora de cualquiera otra cosa te parecerán ásperos y de dura pronunciacion, y bien pudiera yo acomodarlos á nuestro vulgar idioma, mas tuve por mejor ponerlos en su propia voz por la confusion que la mudanza de ellos suele comunmente causar; que si los que escribieron ó tradujeron historias, guardaran la regla de nombrar siempre las personas y tierras con sus mismos términos y, voces, sin mudarlos, no hubiera en la leccion de ellos tanta confusion.»
Pero dejando en este lugar las noticias de los insignes escritores judíos, razon es ya que volvamos los ojos á examinar una cuestion que no ha tratado ninguno de los que dedicaron sus entendimientos á narrar los hechos del Santo Oficio. La Inquisicion fué establecida para desarraigar el judaismo en España; pero el judaismo se mantuvo en ella hasta que la Inquisicion fué abolida. Esta observacion no hecha hasta ahora por escritor alguno, necesita de grandes pruebas, i esas van á ser presentadas en este lugar para desengaño de muchos que aun creen ver en el bárbaro tribunal el propugnáculo de la Fe Católica, no habiendo sido mas que un alcázar del fanatismo, un sustentador de los errores i un brazo sin fuerzas para desterrarlos. A los 40 años de establecida la Inquisicion en Sevilla, pasaban de cuatro mil los quemados en solo aquel arzobispado, i de cien mil los reconciliados i espatriados en sola Andalucía[92]. Entonces viéronse cerradas mas de cinco mil casas, cuyos habitantes bien con el fuego, bien con la confiscacion de haciendas, bien precisándolos con el miedo á huir á lejanas tierras fueron esterminados por la furia del Santo Oficio. A estos destrozos ocasionados por el tribunal de Sevilla, júntense los que causarian los demás de España. En Toledo en solo un auto fueron reducidas á cenizas, el año de 1501, sesenta i siete mujeres por judaizantes.
Referir aquí menudamente los autos de fe hechos por la farisáica Inquisicion contra los judíos en los siglos XVI, XVII i XVIII no es mi propósito, porque á mas de lo dificultoso de la empresa vendria á caer en prolijidad, i así solo me contentaré con citar aquellos en que salieron á recibir la muerte algunas personas principales, ó algunas que desafiando las iras del tribunal persistian al morir en su lei.
En la relacion del auto de fe celebrado en Méjico el año de 1549, se lee lo siguiente al tratarse de la ejecucion de varios reos judaizantes: «Fueron relajados para el brasero en persona trece, con quienes se usó la piedad de darles garrote antes de ser quemados: menos en Tomás Trebiño de Sobremonte por su insolente rebeldía y diabólica furia, con que aun habiéndole dado á sentir en las barbas, antes de ponerle en el cadalso, el fuego que le esperaba, prorrumpió en execrables blasfemias, y atraia con los pies á sí los leños de la hoguera, en la cual tambien ardieron cuarenta y siete osamentas con sus estatuas, y de los fugitivos diez.»
El licenciado Juan Paez de Valenzuela, autor de la relacion del auto general de fe celebrado en la ciudad de Córdoba el año de 1625, al hablar de Manuel Lopez que salió á ser relajado en persona, dice: «Si bien con afecto particular se hicieron todos los medios posibles para reducirlo al conocimiento de la verdad, ningunos lo fueron. Y preguntándole si acababa de tomar resolucion para salir de su pertinacia, respondió que él iba por el camino de la verdad, y que todos los demás iban errados, y que él pretendia la salvacion de su alma: la cual tenia cierta en aquella ley. Y habiéndose tenido con él muchas audiencias con junta de muchos consultores y calificadores muy doctos de este Santo Oficio, procurándolo sacar de sus errores y que conociese la verdad, siempre habia estado pertinaz, protervo y obstinado, diciendo que la ley que él seguia era la verdadera que se habia de guardar. Estando siempre en su dureza y obstinacion, fué sentenciado á relajar en persona y entregado al brazo de la justicia Real para quemarlo vivo. Serian ya las nueve de la noche cuando la justicia Real tenia prevenido el verdugo, alguaciles, ministros, pregoneros y cabalgaduras en que subieron á los relajados y los llevaron fuera de la ciudad á un sitio diputado para quemadero que llaman el Marrubial, campo raso en que está un rollo de piedra mármol, junto del cual habia puestos cinco maderos y en el uno puesta una argolla, y prevenida mucha cantidad de leña. En llegando, dieron primeramente garrote á las tres mujeres y al dicho Antonio Lopez; y acabados de ahogar, echaron leña y pegaron fuego en la cual fueron arrojando una á una las estatuas relajadas en nombre de sus dueños representados en ellas. Hecho esto pusieron en el palo del argolla al dicho Manuel Lopez, pertinaz; y vivo le comenzaron á dar fuego, habiendo antes de encenderlo en la parte que estaba, todos los religiosos que con él y los demás habian ido, domínicos, franciscos, carmelitas, trinitarios y de la compañía de Jesus, hecho notables diligencias afectuosamente procurando su conversion (y no siendo posible, ni habiendo aprovechado para ella los ruegos y lágrimas de sus quemados padres que con demostraciones al parecer verdaderas, una y muchas veces este dia lo habian pretendido), encendieron mas el fuego, sin que hiciese demostracion de sentimiento. Tal era la privacion en que el demonio le tenia apoderado de su cuerpo y alma; y tal su obstinacion, terquedad y dureza: bien que el fuego embravecido de ella se apoderó de su cuerpo, de manera que sin perder su furia, á él y á los demás dejó hechos cenizas, siendo la gente que habia salido á ver este lastimoso espectáculo tanta, que con ser campo espacioso el sitio, ni coches, ni caballos, ni personas se podian mover. Y es mucho de notar para la confusion de estos y de los demás judíos, que habiendo un religioso francisco antes de entrarle la cabeza en la argolla propuesto algunas razones eficaces para que conociese á Jesucristo Ntro. Sr. y saliese de su error, le respondió estas palabras: Reniego de Dios, que primero me llevará el diablo, que confiese á Jesucristo.»
Esto sacaban los inquisidores por fruto de los bárbaros castigos hechos en las personas de judaizantes, i de las pretensiones de convertirlos á la religion cristiana en el punto en que por no guardarla iban á ser reducidos á cenizas. Por donde se ve que los jueces del Santo Oficio vencieron en crueldad á los gentiles de los tiempos de Neron; porque estos jamas exigian de los cristianos que mataban, su conversion al paganismo en la hora de la muerte.
Don José de Pellicer en sus Avisos de 2 de Agosto de 1644, dice:—«La Inquisicion hizo auto en Valladolid, i entre los castigados fué uno don Francisco de Vera, hijo de don Lope de Vera, caballero de San Clemente i mui emparentado, á quien su mismo hermano acusó: ha estado preso seis años. Quemáronlo vivo por negar la venida del Mesías i otros artículos de la fe, siendo así que por ningun lado dejaba de ser cristiano viejo. Interpretaba á su modo la Biblia, i no fué posible que se convirtiese i al fin murió impenitente i obstinado en la lei de Moisés.» I en los avisos de 9 de Agosto del mismo año, se lee tambien: «Dicen muchas cosas de aquel desventurado que se dejó quemar vivo por judaizante en el auto de Valladolid, i que se puso por nombre Júdas el creyente.»
I no faltaban reos que desafiasen con valor las iras de sus jueces, i que de todo punto los despreciasen, riéndose de ellos, i mofándose de todas las ceremonias que se hacian en los autos de fe. En la relacion del celebrado en Méjico el año de 1659 se lee: «Francisco Lopez de Aponte, ateista contumacisimo i maliciosisimo, estuvo en el tablado que parecia un demonio arrojando centellas por los ojos, i manifestando anticipadamente en su aspecto, su eterna condenacion. Cuando le llevaron desde la media naranja ó gradería al centro del teatro para que oyese su sentencia, estuvo haciendo piernas, i debiendo durante la lectura permanecer en pie sobre la tarima, á poco rato se sentó en ella. Despues que volvió á la media naranja, dijo mofándose á los confesores que asistian á los demás relajados (porque este infernal hombre no quiso admitir ninguno, i se estuvo solo): ¿Qué tal os parece, padres? ¿No he hecho bien mi papel?»