CORO

¿Qué dices? ¿Pues no ha atravesado ya el Helesponto, de vuelta de Europa, todo el ejército de los bárbaros?

LA SOMBRA DE DARÍO

Bien pocos serán entre tantos, si es que no ha de negar su fe a los oráculos de los dioses quien tiene delante de sus ojos lo que hasta ahora ha sucedido. No se cumplen a medias los oráculos jamás. Y si esto es así, mi hijo llevado de sus vanas esperanzas, deja allí grande copia de gente escogida. Allá acampan en los llanos que riegan las aguas del Asopo, codiciado beneficio del suelo de Beocia; y allá les aguarda que padecer los últimos y más crueles males, merecido pago de su insolencia y de sus impías resoluciones. Porque así que entraron en la Hélade, no retrocedieron temerosos ante el despojo de las imágenes de los dioses, ni ante el incendio de los templos, sino que las aras fueron destruídas, y las estatuas de los bienaventurados con bárbara furia arrancadas de sus asientos, y unas contra otras derribadas. Los que cometieron estas maldades, ya están padeciendo males nada menores; pero otros quedan por venir todavía. Aún no se alcanza a divisar el fondo debajo de ellos; aún están manando. Tal de cadáveres hacinados quedará en los campos de Platea, entre ríos de cuajada sangre vertida por la lanza doria, los cuales hasta la tercera generación estarán hablando a los ojos de los hombres, y diciéndoles con mudas lenguas: “No os ensoberbezcáis demasiado los que habéis de morir. De la flor de la soberbia, sale luego la espiga del crimen; la mies que se coge es mies de lágrimas”. Vosotros ahora, considerad el condigno pago que tuvieron aquellos delitos; guardad memoria de Atenas y de la Hélade. Nadie mire desdeñoso y atediado su presente fortuna, ni por codicia de las ajenas venga a perder las riquezas propias. Jamás deja sin castigo Zeus justiciero la soberbia desenfrenada, ni se olvida de pedir estrecha cuenta de nuestras acciones. Por tanto, vosotros que poseéis la prudencia, amonestad a Xerxes con atinados consejos; enseñadle a deponer su arrogante audacia, y a no pecar contra los dioses. Y tú, anciana y querida madre de Xerxes, vuelve a tu estancia; toma para él las vestiduras que te pareciere oportuno, y sal al encuentro de tu hijo. Porque con la furia del dolor todas sus ricas vestiduras las hizo girones sobre su mismo cuerpo. Y consuélale con blandas y dulces palabras; que bien lo sé, que tan sólo oyéndote a ti cobrará ánimos. Yo vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros ancianos, salud, y aun en los males mismos dad el alma a la alegría, mientras el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los muertos.

(Húndese la SOMBRA DE DARÍO.)

CORO

Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy afligen a los bárbaros y los que han de sobrevenir aún.

ATOSSA

¡Oh Destino, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me hiere más es oír la fealdad e ignominia con que viene mi hijo hechas harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia; tomaré cuanto sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo.

(Vase.)