CORO
¡Oh dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra república cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el invencible Darío, aquel rey igual en grandeza a los mismos dioses!
Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas, y las leyes gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la victoria a nuestros hogares.
¡Y cuántas ciudades tomó sin pasar el río Halys ni moverse del augusto hogar de su palacio! Tal como las palustres ciudades del mar Estrimonio vecinas a las mansiones de los Tracios, y a las que fuera del lago se asientan en la tierra firme, bien circuídas de muros, las cuales todas le acataban por su rey y señor. Y las engreídas y jactanciosas que se levantan en entrambas orillas del prolongado estrecho de Helles, junto con las de la sinuosa Propóntide, y las de la boca del Ponto. Y las islas que ciñe el mar cerca del dilatado promontorio que avanza en las ondas, al cual se avecinan: Lesbos, la olivífera Samos, Chíos, Paros, Naxos, Miconos y Andros que está al lado de Tenos, y con ella se toca. También dominó aquellas islas de alta mar que se asientan entre una y otra costas: Lemnos, y la sagrada mansión de Ícaro, y Rodas y Cnido, y las ciudades ciprias, y Pafos, y Solos, y aquella Salamina cuya metrópoli es ahora causa de este llanto. En fin, bajo el imperio y auspicios del gran Darío, hízose dueña el Asia de las opulentas y populosas ciudades de la parte griega de la Jonia. Que entonces era invencible el esfuerzo y valor de nuestros guerreros, y de aquellos sus aliados venidos de todas las naciones de la tierra; pero ahora trocaron los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla naval.
(Sale Xerxes solo, con los vestidos desgarrados y en desorden y sin ningún aparato ni pompa real. En la mano trae el arco de sus flechas.)
XERXES
¡Ay infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la Fortuna en la nación persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh Zeus! ¡Ojalá que con aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubieses sepultado en las sombras fatales de la muerte!
CORO
¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército! ¡Ay de la grandeza y majestad del imperio de los Persas! ¡Ay del marcial continente y de los ricos arreos de aquellos soldados que acaba de segar el Destino! La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la cual Xerxes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas mansiones de Hades. — ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso! Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha perecido. ¡Ay ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina y señora de Asia! ¡Cayó postrada de rodillas!
XERXES