(Sale el CORO. Comienza a alborear.
Al aparecer CLITEMNESTRA en escena es ya de día.)

CORO

Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de Atridas, a quienes honró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves, que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga, y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no son aceptos sacrificios de fuego.

En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo, permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su imperio Ares.

Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita, seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un sueño que anduviese vagando en pleno día.

Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón.

Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de devorar en la dilatada y espléndida región de los cielos a una liebre preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador, yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde no habrá festines; artífice impío de crímenes entre los que son de una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada, presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes. Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes cánticos, pero que venza por fin la buena ventura.

¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre, si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse.