El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes; ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia.

A aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, y dispuso que en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón, y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros destinos.

El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le amagan. Cuando he aquí que la imposibilidad de navegar viene a poner en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las lágrimas. — ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija, a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa! ¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien!

Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía, múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta, consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males! Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima propiciatoria de la armada.

Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses, manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara, bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los suyos.

Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente, lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo, cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines, con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen, honor y contento de la felicísima vida de su padre.

Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende hoy esta tierra de Apis!

(Sale CLITEMNESTRA.)

Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofrecer esos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si callares, yo acataré tu resolución.

CLITEMNESTRA