CLITEMNESTRA

Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer.

AGAMEMNÓN

En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda?

CLITEMNESTRA

Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria.

AGAMEMNÓN

Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, al verme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. — Recibe bondadosa a esta extranjera. (Señalando a CASANDRA.) Propicios miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. — Y pues mudé de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando púrpuras.

CLITEMNESTRA

Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y ¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume lo que ya tienes decretado!