(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)

CORO

¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros guerreros se lanzaron contra Ilión.

Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder. ¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son remedio seguro contra el hambre.

Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre, que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad de su camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso.

(Sale CLITEMNESTRA.)

CLITEMNESTRA

Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya? Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones. Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza, y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido.

CORO (a CASANDRA.)

Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer.