¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro Rey?

PRIMER SEMICORO

Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe; que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta.

SEGUNDO SEMICORO

Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del Atrida.

(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo, tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)

CLITEMNESTRA

Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara la ruina de un enemigo, a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez; da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga. Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en esta ocasión. — Este hombre había llenado la copa de los enormes y execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado.

CORO

Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar contra tu esposo!