CLITEMNESTRA

Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el corazón bien sereno, para que lo sepáis. — Alábame o vitupérame, si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo (señalando al cadáver), muerto por esta mi mano derecha. La obra es de hábil artífice. Tales son los hechos.

CORO

¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del odio implacable de los ciudadanos.

CLITEMNESTRA

¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia.

CORO

Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre.

CLITEMNESTRA

Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta, y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y a esa cautiva (señalando el cadáver de Casandra), a esa intérprete de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores!