CORO
¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía, viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena! ¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti también ha perecido ahora esta vida preciosísima...
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Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la cual no hay olvido ni expiación. La fiera Eris habitaba desde entonces este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo.
CLITEMNESTRA
No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás.
CORO
¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo!
CLITEMNESTRA
Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua herida, cuando nueva sangre está corriendo ya.