¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes.
CORO
¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte?
EGISTO
Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya aparecerás más manso cuando yo te sujete.
CORO
¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste valor de dársela por tu propia mano!
EGISTO
Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo antiguo, y por tal sospechoso...
Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él habitación desapacible y le pondrán blando.