Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo. Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude tomarlos en mis brazos y darles sepultura!

(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)

(La procesión avanza lentamente.)

¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé conmigo en este empeño! — Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas.

(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)

CORO

Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones por mi amargo duelo.