Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de cólera y claman contra los asesinos.
Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía. ¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas! ¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas, jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis esta morada desde que su señor fué muerto!
Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos tiemblan! — ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y en un instante los sepulta en sempiterna noche.
La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para purificar mano que manchó el crimen.
Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo, arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo, ¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan como amos desde la aurora de mi vida, tengo que bajar la cabeza y dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma.
ELECTRA
¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces, acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre? ¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa, mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda! ¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?... ¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme.
CORO
Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara reverencio, te diré de corazón mi sentir.
ELECTRA