CORO

¡Ay Prometheo, acongójanme tus fieras desdichas! Un raudal de lágrimas brota de mis piadosos ojos, y baña mis mejillas con sus húmedas fuentes. ¡Infelices hazañas son éstas! Reinando con sólo la ley de su albedrío, muestra Zeus su soberbio poder a los antiguos dioses.

Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia; y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las agudas lanzas.

Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas linfas, lloran su miserable angustia.

PROMETHEO

No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. ¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño!

CORO

¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo, andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte.

PROMETHEO

Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades. Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los hombres todas las artes.