Y después de recordar tan impías maldades, ¿será extraño que yo maldiga un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados enemigos causaba reverencia? ¿Podré yo mirar jamás con respeto, hogar donde se apagó el sagrado fuego de la familia, ni cetro mujeril y cobarde?
Pero la espada afiladísima de la Justicia pasa algún día de parte a parte el corazón del malvado. No son las leyes que ella dicta suelo que impunemente se pisotea. Quien las quebranta ofende a la majestad de Zeus.
Y tal vez sucede que la Justicia vuelve a afirmarse en su asiento; la Moira forja en su yunque un puñal más y le afila; Erinis, la diosa de los inescrutables designios, hace por fin ostentación de su poder, y da entrada en la casa que manchó el crimen, al nuevo crimen, que nació de la sangre antigua, y ha de ser ahora su vengador.
(Salen ORESTES y PÍLADES y se dirigen al palacio.)
ORESTES (llamando a la puerta.)
¡Muchacho, muchacho! oye que están llamando a la puerta del vestíbulo. (Llama por segunda vez.) Otro golpe más. ¡Muchacho, muchacho! ¿No hay nadie en casa? (Llama por tercera vez.) Vaya el tercer golpe que doy; a ver si sale alguien: si es que la casa de Egisto no se cierra a la hospitalidad.
SIERVO (Abriendo la puerta.)
Ea, bien; ya oigo. ¿De qué tierra es el huésped? ¿De dónde viene?
ORESTES
Di a los señores de la casa que vengo en su busca; que les traigo nuevas. Pero date prisa, porque el caliginoso carro de la noche va apresurando su carrera, y hora es ya que los caminantes echen anclas en hospedaje donde reposen. Que salga el que mande aquí; el ama de la casa. Pero no, estas cosas son mejor para el amo. Con él no tendré reparo ninguno en hablar sin rodeos. De hombre a hombre hay siempre más llaneza y se dice claro lo que se quiere.