¡Suceda como lo dices! Pero explícales a tus amigos cómo vas a ejecutarlo.
ORESTES
Pronto está dicho. Que Electra vuelva adentro; nosotros quedamos para obrar; vosotras, quietas, y no hacer nada. Sólo encarezco que se calle lo que he trazado y vais a oír. Con engaños mataron a aquel varón insigne: con engaños mueran ellos, y en iguales lazos cogidos, según predijo ya Loxias, el soberano Apolo, adivino a quien nadie halló falaz todavía. Disfrazado de extranjero, y con todo el equipaje de un caminante, yo me llegaré a las puertas del vestíbulo, acompañado de este amigo, de Pílades, como de un huésped y compañero de armas de la casa. Ambos hemos de hablar la lengua Parnésida, imitando el acento focense. A buen seguro que ninguno de los porteros nos reciba con buenas entrañas, cuando el genio del mal reina en ese palacio. Así, pues, aguardaremos que cualquiera pase por delante de la casa y diga en viéndonos: ¿Por qué cerráis la puerta a quien os pide hospitalidad? ¿Está dentro Egisto? ¿Sabe lo que pasa? Y como llegue yo a pasar de los umbrales, ora que me le encuentre sentado en el trono de mi padre, ora que venga a mí a hablarme cara a cara y a escudriñarme con los ojos, tenedlo por cierto, antes que pueda decir: “¿de dónde bueno, extranjero?” le dejo sin vida, y envuelto en el rápido lazo de mi espada. No padecerá Erinis necesidad de sangre. Hay que apurar la tercera copa. (A ELECTRA.) Tú, pues, observa bien lo que pase en casa, porque todo venga a nuestro intento. (Al CORO.) A vosotras os recomiendo que tengáis la lengua y sepáis hablar o callar, según pida el caso. Este (a PÍLADES) cuidará de lo demás, cuando mi espada vaya a terminar la lucha.
(Vanse ORESTES y PÍLADES. ELECTRA entra en palacio.)
CORO
La tierra cría multitud de tremendas plagas; los antros del mar están poblados de bestias feroces enemigas de los mortales; los rayos del sol engendran alados monstruos que cruzan los espacios; monstruos que se arrastran por el suelo; furores de hinchadas tempestades: y todo ello se puede pintar.
¿Mas quién podría pintar la osadía de un hombre soberbio y la liviandad de una mujer que por nada se detiene? ¿Quién los desenfrenados deseos de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados? Cuando la pasión amorosa se apodera de la mujer, no es sino furiosa rabia que deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos.
Considere quien sea discreto y deseoso de conocer la verdad, cuán desdichado pensamiento el que tuvo aquella hija de Thestio, verdadera perdición de su hijo, para quemar el rojo tizón que apartó del fuego cuando nació Meleagro, y el cual había de ser la medida de su vida desde que dió el primer vagido al salir del vientre de su madre hasta la fatal postrimera hora.
Y abomine también de aquella cruel Escyla, de quien nos dicen las historias que perdió al hombre que había de serle más caro, vencida de sus enemigos. Rindiéronla los collares de oro de Creta; por los regalos de Minos determinóse desaconsejada la mala hembra a despojar a Niso del cabello de la inmortalidad, mientras se hallaba entregado al sueño; y Hermes se apoderó de Niso.
Pero de todos los crímenes, el más famoso y que gana a todos es el de Lemnio. Dondequiera se le llora y abomina. No hay maldad horrenda que no se diga de Lemnio, como el mayor encarecimiento que de ella pudiera hacerse. Mas las grandezas de los hombres, manchadas por sacrilegio execrable, presto desaparecen con oprobio. Nadie rinde culto a lo que detestan los dioses. — De todos estos crímenes que acabo de traer a la memoria, ¿habrá algo que no haya mentado con razón?