(Vase.)
CORO
Zeus, padre de los dioses del Olimpo, escucha mis ruegos. ¡Que vea yo que dan cima a su empresa los que están deseosos del bien! Justicia te piden mis clamores, ¡oh Zeus! ¡Guarda a Orestes!
Ea, constitúyele en su palacio frente a frente a sus enemigos. Engrandécele, que él te pagará de buen grado con duplicadas y triplicadas ofrendas en acción de gracias.
Contempla al huérfano de aquel varón que tanto amaste, cómo va marchando uncido al carro de la desgracia, y pon medida a su desenfrenada carrera. ¿Quién le verá caminar con firmes y asentados pasos hasta tocar el término de sus males?
Dioses que habitáis esas ricas estancias, custodios del hogar, escuchadnos; sed con nosotros. Ea, ea; paguen las justicias de hoy la sangre que se derramó ayer; pero cumplida esta obra de justicia, que la muerte no engendre ya más muertes en esta casa.
¡Oh habitador de la insondable sima, haz que Orestes se vea restituído en el palacio de Agamemnón, y que su padre, a través de las tinieblas que le envuelven, pueda contemplar a su hijo libre y todo resplandeciente de gloria!
Venga también en su favor el hijo de Maya y préstele justo auxilio que encamine la empresa a feliz suceso. Queriendo él, ya mostrará secretas trazas, y con palabras obscuras tenderá ante los ojos de los enemigos noche de espesísimas tinieblas, que toda la luz del día no será parte a despejar.
Entonces, salvos ya, ofrecerán estos palacios las preseas de sus ricos tesoros, y en vez de lamentos, elevaremos nosotras por toda la ciudad al són de la cítara, femenil y regocijado canto de triunfo. Esta victoria será para mí el colmo de la dicha; para los que amo, el fin de sus males.
Y tú, ¡valor, cuando llegue el momento de obrar! Ella te gritará: ¡hijo! Respóndela tú con las palabras de tu padre; cumple sus mandatos, y consuma el tremendo castigo.