Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote de aquel fiero verdugo.

¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra, todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la horrenda mancha del crimen.

Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes.

Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el golpe de la venganza.

(Sale APOLO.)

APOLO

Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de negra espuma, la sangre humana que has chupado. — No es a esta mansión donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias; allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras no habría dios que quisiera pastorearle!

CORO

Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor.

APOLO