ORESTES
(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán suplicante.)
Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia.
(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el logeum.)
CORO
¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató a su madre. (Reparando en ORESTES.) Hele allí, que otra vez logró asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se oculta.
ORESTES
Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; ¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males!
CORO
Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te encadena.
Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos.