¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le hacemos desaparecer.

Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran sujetarlos a apelación.

No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no desaparezca pisoteada por mis pies enemigos.

Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces.

Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y los muertos.

¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol nunca esclarecidas.

(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)

ATENA