CORO

Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no desfallezca nunca.

Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo tu natural impulso.

Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres? Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de Zeus.

Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de thálamo!

(Sale IO.)

IO

¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah! ¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores.

CORO

¿Oyes el clamor de la bicorne virgen?