PROMETHEO

¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas.

IO

¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada. ¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante.

PROMETHEO

Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas, sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo.

IO

¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes?

PROMETHEO

Poco ha que acababa su relación lastimosa.