Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado a Afrodita, liberal en doradas espigas.

Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera.

Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba?

Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos...

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Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo sin tacha.

El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad.

¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por quien viene todo remedio en los trabajos?

No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto se cumple lo que decreta su mente.

(Sale DANAO.)