PROMETHEO

A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha.

IO

No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis. Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez, cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas, y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue, el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas. Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan aborrecible peste como la compostura de la frase.

CORO

Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir, dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al considerar tu triste historia.

PROMETHEO

Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta.

CORO

Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano qué le aguarda que sufrir todavía.