PROMETHEO
Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras. Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria, y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca, enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro; húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes, de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio de tus desventuras.
IO
¡Ay de mí!
PROMETHEO
¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de tus males?
CORO
¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies?
PROMETHEO
Sí; un mar desencadenado de crueles dolores.