Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su gallarda lozanía.

Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. ¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! ¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas!

Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva.

Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada.

¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y quieran más satisfacer de justos que de vencidos.

Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima.

DANAO

Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que menosprecie a los dioses paga la pena que merece.

CORO

¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero de miedo, padre mío!