Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas; y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador y purificador de la Mater Dolorosa, de la transparente Deméter. Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas. Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa, cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos, encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón, después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo, hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos, apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas, de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal, Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el filósofo y sobre el poeta.
[2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes.
Eurípides —¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!— es el ático decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno intelectual en los filosofaderos de Athenas; fué raras veces coronado en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro “el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin, personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja, escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles inmortales.”[3]
[3] Les Deux Masques.
Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente nacional. — Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su imperialismo, como hoy se dice, su hegemonía, como más bellamente se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía. En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos, el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como la que, dentro de la Cella, en el corazón del templo, habían pulido en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo, que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios, en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos (había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes. Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte, súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado, partió para Siracusa...”.[4]
[4] Vida de Cimón.
Era la juventud que triunfaba; era la poesía verdadera de Athenas. La Diosa de Phidias no podía hablar de otra manera. Eskylo, con sus concepciones profundas y misteriosas, con su música solemne y fatídica, con sus grupos trágicos monumentales y arcaicos, y con su decoración escénica, abigarrada y pomposa, fatigaba el espíritu de los athenienses, tan amantes de la claridad, de la precisión y del buen gusto. En el genio de Sóphokles se reposaron con beatitud. El dió a los diversos elementos de la tragedia sus proporciones justas y su tranquilo equilibrio; la epopeya, el lirismo, el drama, todo harmoniza en su obra de arte con tal medida, en una gradación de planos y de tonos tan fina y tan suave, que produce el éxtasis de la belleza definitiva y eterna. Sus héroes no son ya las gigantescas víctimas del Destino inexorable que atraviesan el teatro empujados por la mano de un dios, seres primitivos en quienes el acto realiza con terrible violencia las imágenes alucinantes; sino los bellos y nobles tipos de una humanidad superior, conscientes de sus determinaciones, que llevan su destino en sus actos mismos y que revelan en la lucha la grandeza del alma depurada por el amor y por el dolor. Su coro no es ya ese personaje multánime, activo, sugestionador, preponderante, que cubre la tragedia con un inmenso concierto de voces, sino una especie de espectador ideal de la acción que recoge en su espíritu las diferentes impresiones del drama y las expresa, purificadas con la música, en la pastoral jubilosa, en el himno grave y en la plegaria ardiente. Su estilo no es ya esa expresión torturada y ampulosa, obscura y relampagueante de la tragedia titánica; es límpido, diáfano; es el sol de Athenas; y el sol de Athenas, “penetra todo sin choque y sin resistencia, inunda de luz los objetos, pero baña sus contornos voluptuosamente, lo mismo que las olas de su golfo van a unirse con dulzura a las riberas doradas de Phalera.” Harmonía justa del pensamiento y de la expresión, la lengua de Sóphokles es semejante a esos peplos de mármol cuyos pliegues en vez de ocultar, transparentan en todo su esplendor, la forma serena de la estatua. Toda poesía es turbia y amarga al lado de la suya tan cristalina y tan dulce. Junto a él, Eskylo parece un bárbaro pomposo y Eurípides un impostor pedante. Fué el que más premios obtuvo en los certámenes dyonisíacos. Solamente una ocasión un arconte se negó a aceptarle una tragedia; el señor de La Harpe, que sabe el hecho, aplaude; y esto prueba, según Pitágoras, que las almas de los seres inferiores también transmigran. — Murió cubierto de gloria, a los noventa años, como su viejo Edipo, “sin gemidos y sin dolores;” y la leyenda contaba que, recitando los coros de su poema preferido, Antígona, y fijas las sonrientes pupilas en el oro de un ocaso de transfiguración, se le había apagado la voz y se le había caído la lira de las manos... En su tumba grabó el cincel una sirena. Athenas le erigió un santuario y le consagró culto.
Jesús Urueta.
(Fragmento del Ensayo sobre la Tragedia Ática.)